Pasión inocente

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Lucero Solórzano 21/05/2014 00:29
Pasión inocente

Otro título que le hace poco favor a una buena película. Pasión inocente (Breathe in, Estados Unidos 2013) se estrenó en algunas salas el jueves pasado y, sin ser una gran película, es un oasis en la invasión de las superproducciones hollywoodenses de esta temporada. El título es comercial aunque lastimoso, porque vende parte de la trama y sólo busca llamar la atención del público. Ni modo, así es este negocio.

Breathe in significa “respira”, y es una frase que se dice en una secuencia de la película.

Llaman la atención varios factores en torno a esta cinta. La dirige y coescribe un joven de escasos treinta años, Drake Doremus, en su cuarto largometraje. Con Como locos (Like crazy) se llevó el Gran premio del Jurado del Festival Sundance en 2011. El argumento presenta a un matrimonio entrando a sus 40 y su hija adolescente que son, aparentemente, muy felices. Se inicia con una buena secuencia en la que les van a tomar una foto familiar en su jardín, los tres sonríen, bromean, pero la cámara se desenvuelve entre el grupo con suavidad, se cuela en sus ademanes y sus miradas, y vamos viendo que algo hay detrás de esas sonrisas, algo que no se ha dicho y que se arrastra. El equilibrio de esta familia parece ya muy debilitado, y la llegada de una joven inglesa de 17 años, no hace más que poner a todos a prueba.

Keith, el padre —muy bien Guy Pearce (Las aventuras de Priscilla, L.A. Confidential, Memento, La máquina del tiempo, El discurso del Rey, Prometeo)—, es un músico que trabaja como maestro. Es un hombre gris, contenido, claramente subestimado por su esposa; hasta su forma de sonreír, medianamente y como con esfuerzo, lo hace parecer muy infeliz aunque resignado. En el fondo, Keith quisiera formar parte de una orquesta y de hecho se prepara para una audición ensayando con su cello. Por insistencia de su mujer se han mudado de Manhattan al campo y él añora la ciudad. Su pareja es Megan— Amy Ryan, surgida de la televisión y nominada al Oscar, Globo de Oro y otros reconocimientos importantes como actriz de reparto en Desapareció una noche (Gone baby gone) en 2008—. Es muy convincente en su papel como la esposa y madre muy pendiente del hogar, pero ciertamente dominante, tanto con su marido, hacia el que muestra amor mezclado con menosprecio casi con desilusión, y hacia su hija de 18 años, que se parece mucho a ella. Ambas por momentos resultan chocantes. La cuarta en discordia es Sophie, una estudiante inglesa en intercambio, interpretada por Felicity Jones que explota bien su rostro dulce y juvenil. Sophie es una chica discreta y dócil, insertada en una familia que la recibe con cariño. Como mencionaba arriba entre las cosas que destacan en esta cinta, es que a una trama tan trillada, el hombre maduro seducido por una adolescente, Drake Doremus sabe darle un giro y contar de una manera original y hasta elegante, el cliché que hemos visto en Lolita, Belleza americana, y otras buenas historias de hombres obsesionados con mujeres muy jóvenes como Belleza robada, Pretty baby, El amante, Taxidriver, etc.

Con todo y su juventud, Doremus y su coguionista Ben York Jones evitan el melodrama y la salida fácil en esta historia. La química entre sus intérpretes es evidente y eso permite una muy sutil tensión sexual que palpita durante una buena parte de la hora y media de duración.

La música de Dustin O’Halloran es el complemento perfecto para esta historia, tomando como pretexto las interpretaciones de los personajes al piano y al cello.

Insisto, no se trata de una gran película, pero como se dice coloquialmente “sin duda se deja ver”.

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