Sin escalas

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Lucero Solórzano 05/05/2014 00:00
Sin escalas

La fórmula es la misma y generalmente no falla: policía, o agente del FBI, o detective en edad madura y que ya vio pasar sus buenos tiempos; tiene problemas familiares, está divorciado, deprimido, y un ser querido muy cercano está enfermo o de plano difunto (de preferencia un hijo); sus desequilibrios emocionales y sentimiento de culpa por el abandono en que ha tenido a la familia por estar trabajando lo hacen cometer errores en el desempeño de su deber, con lo que su impecable trayectoria se ha visto severamente empañada; esa misma crisis personal lo ha llevado a una adicción, más frecuentemente alcohol que drogas; este vicio fue la causa de que cometiera un error grave en otra misión que costó la vida de un agente o de alguien inocente —un rehén—, y a pesar de sus largos años de entrega sacrificando su vida personal y su familia, el hecho provoca que sus jefes y  compañeros le pierdan la confianza y no le crean nada, aunque nosotros, como espectadores, sepamos que está diciendo toda la verdad. Ah, el ingrediente final: acepta la misión de mala gana, prometiéndose que será la última, y se ve precisamente dentro de la boca del lobo.

Éste es el ya muy probado cocktail en el argumento de Sin escalas (Non-stop Estados Unidos 2013), dirigida por el español Jaume Collet-Serra, que se suma al grupo de cineastas españoles que están trabajando con éxito en el cine en inglés, como Juan Antonio Bayona (Lo imposible), Alejandro Amenábar (Ágora, Los otros), Rodrigo Cortés (Sepultado).

De hecho, Collet-Serra ya dirigió a Liam Neeson en Desconocido (Unknown, 2011), y es una pena que siendo un actor de talento Neeson esté optando por este tipo de películas en las que se ha convertido en un héroe de acción “tardío”, al estilo Bruce Willis. Sin duda el cheque pesa, y aunque hay que reconocerle que se desempeña bien en estos roles, también empieza a verse siempre igual, con expresión de atormentado, saltando de una película a la otra.

El argumento en Sin escalas es de John W. Richardson y Chris Roach, y bebe de la paranoia que se desató a raíz de los atentados terroristas de septiembre de 2001. Gira en torno a Bill Marks, una especie de agente encubierto que trabaja para un nuevo programa de seguridad nacional que infiltra policías viajando en aviones comerciales, para detectar cualquier intento de secuestro, bomba, atentado, etc. y manejarlo desde dentro.

Marks está harto de la chamba, la cara de Neeson lo dice todo cuando habla con algún jefe por teléfono: “Ésta es la última”. Al poco rato de haber despegado la nave en vuelo trasatlántico, Marks empieza a recibir mensajes misteriosos en su celular que provienen de alguien que está en el avión y lo conoce, aunque él no tiene idea de quién es y que amenaza con matar un pasajero cada 20 minutos si no se le depositan 150 millones de dólares. Perdone usted, pero una cosa es meterse al baño del avión y hacer travesuras sin que nadie se de cuenta, y otra muy distinta es matar pasajeros o tripulantes y que nadie se entere. Pues sobre esa premisa descansa la historia; si el espectador la toma como viable, entonces la película funciona.

Como buena fórmula se van proponiendo sospechosos con las clásicas miradas suspicaces, exceso de amabilidad, cara de inocente, conductas culpables.

Aparece por ahí Julianne Moore, como uno de esos obvios sospechosos que a ratos parece la buena y a ratos la mala. La potente presencia de Neeson la deja en un muy segundo plano.

Sin escalas es una cinta que entretiene y, en efecto, si uno coopera, atrapa desde el principio a pesar de su estructura muy tradicional y repetida en este tipo de películas.

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