Mickey Rooney, a lo grande

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Lucero Solórzano 09/04/2014 00:00
Mickey Rooney, a lo grande

No domino la filmografía del recientemente desaparecido Mickey Rooney. Sería imposible, con él todo era a lo grande: su longevidad, murió a los 93 años; sus películas: The Internet Movie Data Base lo registra con 338 créditos como actor entre largometrajes, cortos, documentales y trabajos en televisión; sus matrimonios, oficialmente se le conocieron ocho pero se habla de nueve; su larga carrera: debutó en el teatro con sus padres siendo un bebé, y en el cine a los seis años de edad, estaríamos hablando de 87 años de trabajo.

Sus primeras apariciones lo consolidan como uno de los actores infantiles consentidos por el público. Su eterno aspecto adolescente, casi aniñado, le permitió alargar esa etapa de su vida con personajes juveniles siendo ya casi un treintañero. Puedo afirmar con certeza que los lectores nacidos en los 70 y más adelante, no tienen ni la más remota idea de quién era Rooney, y es que dado el contexto histórico de la naciente industria del cine y de la maquinaria del star system hollywoodense de ese entonces, hoy no tenemos ni siquiera un referente que pueda servir para establecer alguna comparación. Mickey Rooney es de los últimos representantes de una era única que no volverá. La primera etapa de su carrera es todo un fenómeno de popularidad. No era el prototipo del galán de la época, sus rasgos eran toscos, una ancha nariz respingona, bajo de estatura y nada atlético, una enorme sonrisa en una cara redonda. Estas características lo hacían un niño simpático y achispado, y fue en esos años en los que MGM lo unió a otra niña prodigio, Judy Garland con la que realizó nueve películas y además una larga amistad. Ninguno de los dos correspondía al rebuscado prototipo de belleza de la época, pero irradiaban una gran simpatía y buena química que hizo que el público los adorara.

En 1938, con escasos 18 años y cuando sus películas eran los mayores éxitos de taquilla, Mickey Rooney recibió el Premio Juvenil de la Academia, que reconocía así sus aportaciones a la industria. La serie de películas en las que hizo toda una creación de su icónico personaje Andy Hardy, tuvieron una muy positiva respuesta entre la juventud de los años anteriores a la Segunda Guerra Mundial. La vida cambió drásticamente para él cuando se enlistó en el ejército, el público empezó a percibirlo de otra forma. Rooney tenía un talento natural para la comedia, en la que se movía como pez en el agua. En sus colaboraciones con Judy Garland además cantaba y bailaba, y lo hacía muy bien. Su aspecto físico lo encasilló en cierto tipo de personajes, pero era un trabajador incansable que lo mismo actuaba en dos películas al mismo tiempo, que hacía giras y presentaciones personales, protagonizaba programas radiofónicos y años más tarde era la estrella de shows de televisión. Estuvo nominado al Oscar cuatro veces y recibió dos honoríficos. De lo memorable de su carrera es su interpretación en 1935, a los 15 años, de Puck, en Sueño de una noche de Verano, dirigido por William Dieterle basada en la obra de William Shakespeare. La película —que se puede ver esporádicamente por televisión—, reunía un reparto impresionante, entre los que brillaban Dick Powell, Olivia de Havilland, Grant Mitchell, James Cagney y otras destacadas figuras de la época. Rooney robó cámara con su divertida interpretación del duende Puck, recitando los abigarrados versos de Shakespeare, si se quiere no en una depurada pronunciación británica, pero sí llenos de frescura y chispa.

En 1939 fue Huck en Huckleberry Finn, en 1944 trabajó al lado de Elizabeth Taylor en Fuego de juventud (National Velvet), y en 1942 empezó su larga lista de matrimonios breves con una tormentosa  relación con Ava Gardner, a la sazón iniciando una carrera ascendente y formando con el actor una pareja realmente improbable por poco menos de un año.

En la vida de Rooney hubo ocho viajes más al altar de los que tuvo nueve hijos. La inestabilidad de su vida privada, aunada a sus incursiones en el género dramático, que —salvo excepciones— no era lo suyo, lo fueron atrapando poco a poco en una lenta espiral de decadencia, en la que perdió fortuna y el favor del público. 

Trabajador incansable, ni en sus peores momentos dejó de estar activo.

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