Todo está perdido

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Lucero Solórzano 19/03/2014 00:00
Todo está perdido

Desde hace años he observado —y se ha comentado— que algunos actores no pueden evitar resistirse al envejecimiento y acuden a las cirugías, tratamientos, botox, etcétera. Esto no es privativo de las mujeres, los hombres también se dan su “hojalateada”. El caso más evidente entre ellos son los rostros de goma de Sylvester Stallone o Mickey Rourke, que ya no tienen nada que ver con los que fueron en su juventud.

El rostro es la herramienta más importante del actor de cine: la mirada, la sonrisa, enmarcar una ceja, reír, fruncir el ceño, llorar, etcétera. Los buenos actores pueden comunicar todo esto y mucho más con el uso de sus expresiones faciales, pero cuando una cara se queda tiesa, si el botox ha levantado tanto la ceja que ya no pueden expresarse otras emociones, el actor o actriz pierden facultades, y muchas. Para muestra hay que echar una mirada a las diferentes etapas del antes bello rostro de Nicole Kidman.

Algo de esto le había estado pasando a Robert Redford, cuya gran belleza física de la juventud no podía ser eterna. Desde hace aproximadamente ocho años se le ve una cara muy distante de ese rostro hermoso, pero no porque haya envejecido, sino porque no supo hacerlo. Más recientemente parece ser que ha desistido de estos tratamientos para prolongar el aspecto juvenil, y puede ser un poco más intenso en sus expresiones.

Este viernes se estrena su más reciente película: Todo está perdido (All is lost, Estados Unidos, 2013) dirigida y escrita por J. C. Chandor, que en 2004 dirigió un interesante thriller, muy recomendable, titulado Margin call en el que recrea las 24 horas anteriores al crack financiero de 2008, visto desde las entrañas de un poderoso banco.

En Todo está perdido, su segunda película, Chandor se la juega con varias circunstancias arriesgadas como es el hecho de que no tiene diálogos, sólo hay un actor, y todo sucede en alta mar. El respaldo que le da la sólida presencia de Robert Redford saca adelante la cinta, no así su calidad interpretativa que, a pesar de lo que se ha dicho, me parece falta de la intensidad y expresividad necesarias, considerando que es el único actor de principio a fin. Vaya, ni una fotografía ni un nombre ni un recuerdo del que él y nosotros podamos asirnos para alcanzar una conexión emocional. Esto en mi opinión es el grave defecto de Todo está perdido.

Redford interpreta a un hombre del que no sabremos absolutamente nada, que duerme tranquilo una siesta en su velero flotando en el apacible mar. Bruscamente es despertado por el fuerte impacto de un contenedor que viaja a la deriva, y que al golpear el velero le provoca un enorme boquete por el que empieza a entrar el agua.

A partir de ese momento el reto de este individuo es mantener a flote la embarcación y obviamente, a sí mismo con vida.

Sin duda el trabajo físico de Robert Redford es impecable, pues además hizo todas las escenas de acción o peligro y luce en espléndida forma a sus 77 años, pero una situación límite como ésta se vive con una expresión de terror o pánico o impotencia, y en ese sentido el actor nos queda a deber sin poder contagiarnos realmente su temor y desesperación. En algunas secuencias es casi impasible y hace que la película se vuelva plana. No fue gratuito que no quedara nominado al Oscar.

Insisto, me hizo falta saber de dónde viene este hombre que pasa 100 minutos en la pantalla, quién es, a dónde va, a quién ama, quién lo extraña. Chandor le entrega completa toda la historia, pero no tomó en cuenta que para conectarse con este drama humano había que dotar a su personaje  de un mundo exterior, más allá de lo que apenas interioriza cuando empieza la película.

Bien hecha sin duda, pero le falta corazón.

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