Mi gran oportunidad

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Lucero Solórzano 10/03/2014 00:00
Mi gran oportunidad

Llegó a nuestras salas una película muy en la línea aspiracional, que cuenta la historia de Paul Potts, quien se convirtiera en un fenómeno en YouTube a raíz de su triunfo como cantante de ópera en el concurso Britain’s Got Talent. A la fecha, el video de su participación en el evento, cantando Nessum dorma, de Puccini, cuenta con 121 millones y medio de visitas.

Mi gran oportunidad (One Chance, Estados Unidos-Reino Unido, 2013), se inicia con la infancia de Potts, interpretado en su edad adulta de manera convincente por James Corden, joven actor británico que le da al personaje esa timidez, candidez e ingenuidad, que lo hacen encantador para los espectadores.    

Desde niño Potts sintió una irresistible inclinación por el canto, pero sufrió de maltrato y agresiones por parte de sus compañeros de escuela —lo que hoy se llama bullying—, que se burlaban de su gordura, torpeza y de su obsesión por el canto, lo cual parecía ser lo único que le importaba en la vida.

Fue hijo único. De su madre —a la que encarna en la pantalla, como siempre muy bien, Julie Walters— recibió todo el apoyo para que luchara por sus sueños y no se desanimara. En cambio, del papá —trabajador de una siderúrgica— sólo le llegaban mensajes de descalificación, burla y menosprecio. Esta relación de padre intransigente e hijo con vocación artística recuerda mucho otra película en ese mismo género, Billy Elliot, de Stephen Daldry, que recrea la historia del niño que quiere dedicarse al ballet, y que es definitivamente muy superior a Mi gran oportunidad.

Pasado de peso, poco agraciado, con un hueco en la parte frontal de la dentadura, mal vestido y muy tímido, Potts cubrió todos los requisitos para ser el héroe del público, el favorito sentimental. Era el mejor exponente para demostrar a millones de espectadores que se pueden remontar las circunstancias adversas del nacimiento y el entorno familiar, económico y social, para alcanzar un sueño.

Sin duda estos certámenes se llenan de historias de superación personal, y de varios de ellos han salido verdaderos talentos. El esquema plantea que es viable ser descubierto y saltar a la fama sin ser una persona bella, de cuerpo escultural, de cabellos de oro, dientes de perla y labios de rubí.

El chocante “sí se puede” —que me parece indicador de complejos de inferioridad y cierta actitud agachona—, es casi la consigna en estos espec-táculos. El límite es uno mismo. Y ese es el caso de Paul Potts y también, por cierto, de Susan Boyle, que se lanzó a concursar en Britain’s Got Talent a los 47 años y cuyo video de la participación en el evento interpretando I Dreamed a Dream del musical Los miserables, tiene también decenas de millones de visitas. Boyle es como un equivalente femenino de Potts, inicialmente rechazada por su aspecto y tratada con escepticismo.

Dirigida por David Frankel, que hasta hoy ha tenido su mejor momento con El diablo viste a la moda, Mi gran oportunidad cumple como comedia romántica. Se toma sus licencias, como lo hace la mayoría de las historias que toman hechos reales para tener mejores resultados en lo que hace al planteamiento de conflictos y drama. Un gran acierto en el guión es el realce que se da a la historia de amor de Potts y su esposa, interpretada por la talentosa actriz Alexandra Roach, que se gana al espectador desde los primeros minutos en que aparece en la pantalla.

Obviamente James Corden no canta, pero el lip synching (sincronía del movimiento de los labios con la voz de los cantantes) es impecable. Mi gran oportunidad es una película de fórmula, está construida para emocionar al espectador, y lo logra.

Le confieso que volví a ver el video de esa presentación de Paul Potts en Britain’s Got Talent y no puedo evitar que el tipo me caiga bien, y que su interpretación, aunque con una bonita voz pero nada extraordinario en el mundo de la ópera, me resulte conmovedora.

Es una película entretenida, de las que uno sale de buenas, y eso se agradece.

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