El sueño de Walt

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Lucero Solórzano 21/02/2014 00:00
El sueño de Walt

Si a ustedes les gusta Mary Poppins, van a gozar de la más reciente película del director John Lee Hancock: El sueño de Walt (Saving Mr. Banks, Estados Unidos, 2013). Ahora bien, si no soportan a la niñera sabelotodo, también van a encontrarse con una buena película en la que brilla el trabajo de una gran actriz: Emma Thompson, quien, inexplicablemente, quedó fuera de las nominaciones al Oscar.

Poniéndome puntillosa en esto de los títulos en español —como es mi costumbre—, me brinca lo de El sueño de Walt. En España el traslado al castellano es más logrado en esta ocasión: Al encuentro de Mr. Banks. Este personaje es el papá de la familia Banks, a cuya casa llega Mary Poppins, llevada por el viento y una singular sombrilla.

Bajo la dirección de Hancock, que más bien se distingue por ser un cineasta muy conservador inclinado poco a lo novedoso y creativo, el argumento de Sue Smith y Kelly Marcel —autora de la adaptación al cine de 50 Sombras de Grey—, cuenta las dificultades que Walt Disney enfrentó para convencer a P.L. Travers, autora de Mary Poppins, para que le vendiera los derechos de su libro con la intención de convertirlo en una película. La señora Travers tenía objeciones que se comprenden, conociendo la línea de las cintas de Disney hasta entonces. No quería saber de “dibujos animados, animales parlantes ni canciones bobas”, exigencia muy difícil de cumplir para los Estudios Disney, cuyo sello en las películas eran precisamente esas características.

La historia se inicia en Londres hacia los primeros años de la década de los 60 y encontramos a una P. L. Travers, ya en sus 65 años, sola, sin recibir regalías, ni escribiendo algo nuevo. Los problemas económicos se ciernen sobre su aparente estabilidad. Su editor le insiste en que recapacite sobre la oferta de Walt Disney, quien leía a sus hijas el exitoso libro Mary Poppins y les había prometido que algún día lo convertiría en un musical para la pantalla grande.

Lo mejor de El sueño de Walt es sin duda la recreación que Emma Thompson hace de la escritora. Aunque mucho más favorecida físicamente su dominio de las expresiones y el lenguaje corporal y no verbal, resultan en una interpretación convincente y firme de una mujer ruda, seca, amargada, arrogante.

Con todo y la compañía de Tom Hanks, que no parece muy preocupado por parecerse a Walt Disney, Thompson se apodera de la película de principio a fin.

A instancias del editor y de muy mala gana, Travers decide viajar a Los Ángeles y reanudar el estira y afloja que ha sostenido con Disney durante 20 años.

Ahí se inicia el valor narrativo de la película, cuando ese largo viaje detona en la memoria de la escritora los recuerdos de su lejana infancia en Australia, y su insólita vida familiar en el campo al lado de dos pequeñas hermanas, una madre débil, y un padre a medio camino entre la locura, la mitomanía, los delirios de grandeza, el alcoholismo, y un enorme amor por su familia. Así, mientras se va dando la génesis y construcción de Mary, Burt y la familia Banks, con todo y pingüinos animados, el corazón de Pamela nos va mostrando lo que realmente la ha atormentado toda la vida, y que plasmó en la historia de Mary Poppins quien llegó a salvar su propio pasado.

Los realizadores no optaron por la caracterización de Hanks para que se pareciera a Disney. El actor sólo se vale de sus movimientos, el tono de voz, el acento, la sonrisa. De cuando en cuando “se para en jarras” de manera desenfadada y dice “llámame Walt”, ante el disgusto de la inflexible Pamela que insiste en referirse a él como señor Disney, y exige que a ella la llame señora Travers.

El estilo que John Lee Hancock usa en El sueño de Walt recuerda mucho aquel cine hollywoodense de los 50 y 60. El diseño de arte es impecable, y la música es amable y está bien dosificada con las melodías más emblemáticas de la que pasó a ser una de las más exitosas películas de Disney y, por cierto, la solución del futuro económico de la señora Travers.

Buena para pasar un rato entretenido.

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