Philip Seymour Hoffman

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Lucero Solórzano 03/02/2014 00:00
Philip Seymour Hoffman

Acababa de enviar mi comentario a la película Philomena para ser publicado en mi espacio de hoy, cuando mi hija entró a decirme que en el Twitter se hablaba de la muerte de uno de mis actores favoritos: Philip Seymour Hoffman. No acostumbro visitar Twitter en domingo, pero me vi obligada.

Si hubiera muerto de un infarto, atropellado, atragantado con la tapa de una medicina como Truman Capote, al que dio vida en la pantalla, en un accidente automovilístico o, simplemente, ahogado en la tina o resbalándose con una cáscara de plátano, el prematuro fallecimiento de Seymour Hoffman a los 46 años no hubiera sido tratado en  las redes sociales con toda su potencia  y casi con saña, promoviendo la noticia con los añadidos “por una sobredosis”, “con una jeringa en el brazo”, “sin confirmar”. El fenómeno me mueve a preguntarme por qué en todo queremos enfatizar el lado amarillista, morboso, de escándalo;  ¿qué tal si lo respetamos y ya?, ¿por qué nublar su memoria de actor de excepción con las circunstancias dolorosas de su muerte?, ¿por qué no dejar en paz a los demonios que lo atormentaban? Por supuesto que su fallecimiento es noticia,  pero no entiendo la necesidad de destacar la sordidez de las circunstancias.

  No importa cómo, el hecho es que nos quedamos sin uno de los más grandes actores de esa generación, un maestro en el manejo de la voz, la mirada, el lenguaje corporal; uno de esos actores que establecen un romance apasionado con la cámara, con los espectadores, con la posibilidad de hacer vibrar,  emocionar, conmover, llorar, desafiar, alterar, hasta enojar, pero nunca dejar indiferente a su público.

Prefiero recordar sus trabajos. Philip Seymour Hoffman convertía en una creación cuanto rol caía en sus manos. Gran representante del cine independiente, podía ser protagonista o actor de reparto, a veces hasta secundario, pero su presencia pesaba en cada película en la que trabajaba. Podía ser un ca… de primera, como en Antes que el diablo sepa que has muerto, y también un hombre ingenuo y bondadoso, como el enfermero de Magnolia.

Algunos realizadores siempre lo vieron más en el papel de maloso, casi villano, como en Perfume de mujer, de 1992, en que su pinta de pérfido lo hizo la contraparte perfecta del niño bueno de la historia, Chris O’Donnell. En Tornado, de 1996, es el entusiasta cazador de tornados, pasado de peso, greñudo, fachoso, simpatiquísimo.

Su carrera dio un salto interesante al empezar a trabajar con Paul Thomas Anderson (quien debe estar deshecho) con Boogie Nights, conocida en México como Juegos de placer, de 1996, un espléndido acercamiento de Hollywood a las entrañas de la industria del cine porno.  Madurando notablemente repite con Anderson en la que es la mejor película de este realizador: Magnolia, y en la que hasta el propio Tom Cruise tiene el gran momento de su carrera. Actuó en todas las películas de Anderson, menos Petróleo sangriento.

En 1997 tiene un papel secundario en El talentoso señor Ripley de Anthony Minghella, y comparte una escena brutal con Matt Damon al que borra por completo. Vuelve con Paul Thomas Anderson en Punch-Drunk love-Embriagado de amor en 2002. Trabaja otra vez a las órdenes de Minghella en Regreso a Cold Mountain,  y en 2005 gana el Oscar por su interpretación de Truman Capote en la película homónima de Bennet Miller.

Pasa por Misión Imposible II, pero en 2007 protagoniza con Laura Linney La familia Savage, en donde son dos hermanos lidiando con un padre anciano.

Es dirigido por Sidney Lumet en ese mismo año para uno de sus mejores papeles en la película Antes que el diablo sepa que has muerto, un thriller en el que Seymour Hoffman demuestra que no le temía a nada para hacer creíbles sus personajes, era un gran provocador.

La duda, La guerra de Charlie Wilson y The Master le valieron otras tres nominaciones al Oscar. Lo último que vimos de él en México es Los juegos del hambre 2: Sinsajo.

No se estrenó en nuestro país El último concierto en la que con Catherine Keener, Christopher Walken y Mark Ivanir interpretan a los miembros de un cuarteto de cuerdas cuyo líder está próximo a morir.

Deja dos películas filmadas por estrenar. La obra de un hombre es lo que debe prevalecer en nuestra memoria.

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