Cuando Oscar se equivoca (I)

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Lucero Solórzano 24/01/2014 01:43
Cuando Oscar se equivoca (I)

A unas cuantas semanas de la entrega del Oscar de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood, que se viste de un interés especial para México por la presencia de connacionales en las nominaciones, es oportuna una revisión de sus claroscuros históricos.

En primer lugar, ¿qué lo hace tan deslumbrante y codiciado?, ¿por qué muchos de los que lo menosprecian y hasta desautorizan, muy en el fondo quisieran llevarse uno a sus casas?, ¿a qué intereses obedece?, ¿por qué a sus más de 80 años sigue siendo “el premio” de cine?, ¿de dónde le viene ese poder?

Considerando que el galardón nació como la forma en que la industria de la producción y distribución de películas más poderosa e importante del mundo, podía premiarse y promoverse a sí misma haciendo al mismo tiempo un gran negocio, sin duda el homónimo del Oscar es la palabra “dinero”. Todo lo que pasa atrás, en medio y delante de este reconocimiento tiene que ver con billetes verdes. Desde la ceremonia de entrega que, aunque en franca caída y urgida de una renovación en los últimos años, sigue siendo uno de los eventos especiales de televisión más publicitados del mundo. En algún tiempo el costo por anunciarse en ese espacio competía con el Super Bowl o transmisiones relacionadas con Juegos Olímpicos y Mundiales de Futbol.

Las más famosas firmas y los grandes diseñadores de vestidos, trajes, corbatas, zapatos, joyas, bolsos, coches, cosméticos, perfumes, anteojos, equipaje, hoteles, etcétera, sencillamente no son nadie si no están en esa noche de entrega. La exposición que sus productos tendrán en el evento más glamoroso del año no la reciben con ningún otro.

El desfile de celebridades que el público adora enfundados en sus mejores galas tiene un costo también. Los nominados reciben un “paquete de lujo” con valor de varios miles de dólares cada uno, ganen o no. Los galardonados gozan de una intensa publicidad gratuita de primer nivel; sus egos reciben una inyección masiva de adulaciones, halagos, felicitaciones, entrevistas, fotografías, reconocimientos, regalos y más regalos; sus rostros aparecen en todos los canales de televisión, portales de internet, portadas de revistas y diarios en todo el mundo.

Por otro lado sigue teniendo un gran peso que el nombre de alguien o el título de una película vengan acompañados de las frases Academy Award Winner o Academy Award Nominee, de ésto no cabe la menor duda. Hoy por hoy la mayoría de los productores, escritores, directores, actores y compositores que se desempeñan en el ámbito cinematográfico mundial, quieren un Oscar o al menos una nominación. 

Pero tampoco puede negarse que así como en algunas ocasiones el criterio de los miembros de la Academia estadunidense ha reconocido con justicia filmes excepcionales y actuaciones legendarias, también ha tenido sus malos ratos en que se ha ceñido a ciertos acuerdos comerciales, a los dictados de tal o cual estudio o productor, al interés por impulsar una carrera emergente o reactivar otra en declive. Oscar no ha podido sustraerse tampoco a presiones políticas, raciales y hasta religiosas.

Entre las películas hoy consideradas clásicos, y ubicadas por publicaciones especializadas en los primeros diez lugares de las listas de lo mejor de la historia, varias no recibieron el Oscar.

El primer botón de muestra es El ciudadano Kane que dirigiera Orson Welles, y que en 1942 no fue considerada digna de ser elegida como la mejor película. El poder del magnate de la prensa William Randolph Hearst, cuya vida inspira el guión de Herman Mankiewicz y el propio Welles, y que se sintió agraviado por las revelaciones que se hacen de él, pudo más que los innegables méritos de una obra maestra.

Esta es sólo la primera en una lista de interesantes “pecados de obra y omisión” de la Academia de Hollywood, que seguiremos revisando en este espacio el próximo lunes.

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