Cuando se cumple una promesa insensata de campaña

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Leo Zuckermann 26/08/2014 02:00
Cuando se cumple una promesa insensata de campaña

A lo largo de mi carrera he tenido la oportunidad de cubrir muchas campañas electorales. Una cosa me queda clara: los candidatos prometen muchas tonterías. Es parte del juego democrático. Con tal de ganar, se sacan soluciones mágicas de la manga.

Fox, por ejemplo, prometió un crecimiento económico promedio de 7% y la generación de más de un millón de empleos cada año. Una simpleza porque estas variables no sólo dependen de la voluntad del Presidente. Evidentemente no cumplió. Como incumplió Calderón quien prometió bajar la tasa del Impuesto Sobre la Renta (de hecho lo subió en 2010 de 28% a 30%). Y esto de las promesas insensatas con el fin de manipular al electorado ocurre en todas las democracias. Doy otro ejemplo. En 2008, el entonces precandidato Barack Obama prometió revisar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte en la elección presidencial primaria del Partido Demócrata. Ganó la nominación, ganó la Presidencia y, por suerte, incumplió su promesa dirigida a quedar bien con los sindicatos que militan en su partido. Ya en la Casa Blanca, Obama se dio cuenta que era una locura abrir el TLCAN.

Cuando se trata de promesas de campañas vacuas o insensatas, lo mejor es olvidarlas una vez que se llega al poder. El presidente Peña Nieto, sin embargo, ha basado su carrera política en cumplir lo que promete en sus campañas. Hasta las ha firmado frente a un notario público para mandar el mensaje de que sí las realizará. Esto está muy bien cuando se trata de promesas razonables como la Reforma Energética, pero mal cuando son soluciones que no tienen ni pies ni cabeza.

Es el caso de la famosa Gendarmería Nacional. Presionado ante la violencia que se desató el sexenio pasado, sin muchas soluciones con las que diferenciarse del gobierno de Calderón, Peña Nieto prometió en su campaña presidencial que, de llegar a Los Pinos, establecería “un cuerpo con militares y marinos, bajo un mando civil, para apoyar a las policías de los municipios donde se esconde el crimen organizado”. Así lo anunció el 9 de mayo del 2012.

Esa era la idea original. Desde entonces, muchos dijeron, y con razón, que no tenía sentido crear una Gendarmería cuando lo mismo hacía la Policía Federal (PF). En todo caso, había que reforzar esta institución, amén del Ejército y la Armada Marina. Pero el compromiso ya estaba hecho: México vería el nacimiento de otra institución de seguridad cuando apenas estaba creciendo el bebé de la PF.

Ya como presidente electo, Peña fue a Francia donde solicitó que el gobierno de ese país cooperara en el diseño de la Gendarmería mexicana al estilo de la francesa. Al parecer, iba en serio la idea de una nueva policía civil, pero militarizada.

El Presidente tomó posesión y acto seguido, en el Pacto por México, se volvió a comprometer a sacarla adelante. Por fortuna, más pronto que tarde, el gobierno se dio cuenta que no era una buena idea fundar otra institución. A mediados de 2013 se anunció que más bien sería una división más dentro de la PF y comenzó a trabajarse para el reclutamiento de los nuevos gendarmes.

El viernes, Peña finalmente cumplió su promesa de campaña. O la medio cumplió, y qué bueno. La Gendarmería fue presentada con cinco mil cadetes, lo cual significa un crecimiento de 18% de los elementos de la PF. La división estará subordinada al comisionado General de la PF, Enrique Galindo, quien a su vez depende del comisionado de Seguridad Pública, Monte Alejandro Rubido, quien le reporta al secretario de Gobernación. De esta forma, la PF ahora tendrá siete divisiones: de Investigación, de Seguridad Regional, Científica, Antidrogas, de Fuerzas Federales, de Asuntos Internos y ahora la Gendarmería. Su propósito será “contener y desarticular las organizaciones criminales que minan la actividad económica”.

Lo mejor para el país hubiera sido incumplir con la promesa de campaña: dejar en el olvido la Gendarmería y fortalecer a la PF y las Fuerzas Armadas. Pero Peña quería cumplir y encontró una segunda mejor opción: minimizar el proyecto original subordinándolo a la PF. De esta forma, políticamente ha salvado la cara —puede presumir que cumplió— y refuerza, por fortuna, la institución que ya existía, es decir, la PF. Ahora falta ver si la Gendarmería va a funcionar para salvaguardar las actividades económicas amenazadas por la delincuencia organizada. Ojalá así sea para bien del país.

                Twitter: @leozuckermann

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