Jefe de Estado por méritos, no por sus apellidos o sexo

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Leo Zuckermann 03/06/2014 02:15
Jefe de Estado por méritos, no por sus apellidos o sexo

No entiendo el gusto de muchas personas por la monarquía. No comprendo cómo en pleno siglo XXI hay gente dispuesta a defender que un individuo se pueda convertir en jefe de un Estado sólo por la virtud de ser el hijo de alguien. Quizá porque nunca he sido súbdito de una monarquía, pero el hecho es que esto de los reyes, príncipes y aristócratas me parece muy bueno para una película de Disney, no para representar a un país ni siquiera ahora que los monarcas tienen un papel más protocolario en la mayoría de las monarquías occidentales. ¿Por qué el jefe del Estado español debe ser Felipe de Borbón y no un ciudadano probo con grandes méritos para representar lo mejor que tiene esa nación ibérica?

Sí: soy un republicano a ultranza. Lo reconozco. No creo ni en los pedigrís ni en la nobleza de una aristocracia que suele vivir a costilla de los contribuyentes. Quizá el rey Juan Carlos haya sido un buen monarca. ¿Y quién nos garantiza que su hijo también lo será? ¿Tan sólo porque lleva el apellido Borbón? ¿O porque, según se nos dice, ha tenido una estupenda educación?

El rey Juan Carlos ha abdicado. Escucho todo tipo de alabanzas a su persona. Es cierto, y hasta lo reconoció el politólogo Juan Linz, uno de los grandes expertos en transiciones a la democracia, que Juan Carlos jugó un papel fundamental para que España transitara del régimen autoritario de Francisco Franco a una democracia funcional. El otro individuo clave en la transición fue un plebeyo: Adolfo Suárez. Esa dupla fue la que condujo a España hacia la Europa democrática.

Lo que no es cierto, como muchos dicen estos días, es que el rey haya “salvado a la democracia” cuando el teniente coronel Antonio Tejero trató de dar un golpe de Estado el 23 de febrero de 1981. La historia es más compleja. Con precisión y dramatismo la cuenta Javier Cercas en su estupendo libro Anatomía de un instante. Dice Cercas: “El rey no organizó el golpe, está claro, lo paró. Nadie podía pararlo si no era él, que tenía el poder de hacerlo. Pero eso no significa que tengamos que santificarlo. El rey también se equivoca, e hizo cosas que no debería haber hecho. La verdad es que lo facilitó y en eso se equivocó, como se equivocó gran parte de la clase política”.

En su libro, Cercas relata cómo Juan Carlos fue parte del engranaje para acabar políticamente con Suárez. Cómo dudó los primeros momentos del golpe. Cómo mañosamente se esperó hasta ver que el golpe no cuajaba para salir a condenarlo. En el libro de Cercas vemos a un Juan Carlos más político que un líder plenamente convencido con la democracia.

Estos últimos años han sido un desastre para la casa real española. Un escándalo tras otro. Lo más patético son los casos de corrupción de parte de la familia que, como tienen que financiar una vida de reyes, pues se meten en negocios turbios. Nada nuevo en la historia de una aristocracia que no le gusta trabajar, pero sí disfrutar de los grandes placeres de la vida. La diferencia es que hoy los escándalos reales salen a la luz pública gracias a que vivimos en una sociedad abierta con medios de comunicación libres que pueden investigar estos casos.

Es tan anacrónica la monarquía española que todavía está vigente la regla de que el heredero al trono debe ser el hijo varón. Por eso el príncipe Felipe de Asturias va a ser rey: porque tiene un pene a diferencia de sus dos hermanas mayores cuyo sexo es una vagina. Hágame usted el favor: dicha discriminación contra las mujeres a estas alturas del siglo XXI. Una vergüenza.

Yo no tengo nada personal en contra de Juan Carlos ni de Felipe. Lo que estoy es en contra de las monarquías. Sean tan autoritarias como la saudita, responsables como la británica, cool como la holandesa o progresistas como las nórdicas, no puedo estar de acuerdo con que un puesto público se herede por cuestión sanguínea. No puedo. Creo en la meritocracia y por eso me quedo ciento por ciento con las repúblicas. Que los presidentes los elija directamente la ciudadanía como en México o Estados Unidos. O en el caso de los regímenes parlamentarios donde hay separación de la jefatura de Estado y la de Gobierno, que los presidentes los elijan los votantes o el parlamento. Más que un rey, que el jefe de Estado sea un ciudadano distinguido que represente los mejores valores de ese país por unos cuantos años. Como los presidentes Joachim Gauck de Alemania o Shimon Peres de Israel. Ellos se lo merecen por sus méritos, no por sus apellidos o sexo. Es un mejor mensaje para la sociedad que representan.

                Twitter: @leozuckermann

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