Cuando se trata de ellos, a los partidos les disgusta la competencia

En el pasado, por ejemplo, los partidos modificaron las reglas para hacer más difícil la formación de un nuevo partido.

COMPARTIR 
Leo Zuckermann 04/12/2013 02:23
Cuando se trata de ellos, a los partidos les disgusta la competencia

Al momento de escribir estas líneas, el Senado debate la reforma política. De aprobarse, todavía tiene que pasar por la Cámara de Diputados y los congresos locales. Así que no sabemos qué quedará en definitivo. De lo que se están debatiendo los senadores hay cambios que me parecen positivos y otros negativos. En esta columna haré referencia a dos puntos que denotan algo que ya conocemos, es decir, que a los partidos políticos les disgusta la competencia.

Es lógico. Si alguien tiene el monopolio de un mercado, en este caso de la representación popular, va a ser difícil que solito, de repente, quiera quitarse esa condición monopólica para abrirse a la competencia. Es como si el señor Slim tuviera la potestad para hacer las reglas del mercado de telecomunicaciones y, de pronto, decidiera que su empresa, América Móvil, ya no fuera dominante y promoviera una mayor competencia. ¿Podemos imaginarnos algo así? Desde luego que no. En el caso de los partidos, ellos son los que pueden modificar las leyes político-electorales y, con ese poder, pues defienden su monopolio. Más que abrir el sistema tienen el incentivo de dejarlo como está o incluso de cerrarlo.

En el pasado, por ejemplo, los partidos modificaron las reglas para hacer más difícil la formación de un nuevo partido de tal suerte que hoy es un vía crucis lograrlo. Una organización de ciudadanos debe realizar asambleas, lo cual significa movilizar a 60 mil ciudadanos con credencial para votar en casi todo el país. Más aún, la ley obliga a que el nuevo partido cuente con por lo menos “0.26% del padrón electoral federal” de afiliados. Al día de hoy, esto implica alrededor de 200 mil ciudadanos. Es una barbaridad de gente.

Digamos que alguien lograra esta hazaña. Tendría que enfrentarse, entonces, a un largo proceso burocrático para obtener el registro. Para empezar, el IFE sólo abre una vez cada seis años la posibilidad de nuevos registros “en el mes de enero del año siguiente al de la elección presidencial”. Luego la organización tiene que celebrar asambleas certificadas por el IFE. Hay que presentar “las listas de afiliados” y ya no lo aburro más con otros requisitos legales.

El hecho es que las reglas están diseñadas para dificultar la formación de un nuevo partido. Y cuando se logra, la ley dice que se necesita dos por ciento de los votos para mantener el registro. Ahora resulta que en la nueva reforma política quieren subir este umbral al tres por ciento. Es una medida que atenta contra la competencia política. La combinación de un alto umbral para mantener el registro junto con reglas que hacen prácticamente imposible el otorgamiento de éste, demuestra cómo les disgusta la competencia a los partidos.

Están de acuerdo, y qué bueno, con que haya más competencia en la economía. Se hinchan el pecho cuando presumen que han legislado reformas para abrir, por ejemplo, el mercado de las telecomunicaciones y los medios de comunicación. Yo celebro estas reformas que promoverán una mayor competencia. Lo que es una hipocresía es que los partidos, cuando el asunto ya se trata de ellos, pues les incomoda la competencia: “Me gusta eso, pero que se haga en los bueyes de mi compadre”.

Lo cual me lleva a otra medida de la reforma política que denota que los partidos no quieren perder el monopolio que tienen del poder. Hoy las dirigencias partidista controlan a los diputados y senadores porque no existe la reelección. Finalmente, y gracias a una presión social, ya aceptaron permitirla en la nueva reforma política. Pero no se atreven a dar el paso completo. El Senado está proponiendo que haya un candado para la reelección. Aquel diputado o senador que quiera reelegirse tendrá que hacerlo por medio del mismo partido político o, si quiere renunciar a éste, tendrá que hacerlo a la mitad de su gestión, es decir un año y medio antes de la elección para diputados y tres años para senadores.

Se trata de otra medida que, en lugar de inyectarle competencia al sistema, le dejará el monopolio a los partidos. No veo a muchos diputados y senadores, a la mitad del camino, cambiándose de partido para reelegirse. En este sentido, el candado es ridículo y grosero para los que estamos a favor de la reelección. Se trata de mantener la patente de corso que tienen nuestros corsarios partidistas. Corsarios que, lejos de competir, quieren mantener el monopolio de la competencia electoral.

                Twitter: @leozuckermann

Comparte esta entrada

Comentarios