La amenaza latente

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Laura Rojas 16/02/2014 01:21
La amenaza latente

“Un día sin una explosión
                nuclear, es un día con suerte”.

                ICAN

 

En 1945, mis padres no habían nacido. Su generación y las que han seguido conocemos la historia de la Segunda Guerra Mundial y el ataque nuclear a Hiroshima y Nagasaki, que le puso fin, por libros, películas y testimonios de los sobrevivientes, pero aun las crónicas mejor logradas, no logran transmitir el inmenso horror que produjeron las explosiones no sólo el día de las detonaciones, sino décadas después.

Después de la guerra, Estados Unidos y Rusia crearon un modelo de seguridad internacional basado en la disuasión por mutua posesión de armas nucleares, que persiste hasta nuestros días. El mensaje es claro: si tú me atacas, también serás destruido. Los años de la Guerra Fría fueron los años en que el mundo vivió en vilo y, aunque ahora parecen lejanos, la amenaza de que nuestra raza, nuestra civilización y nuestro planeta desaparezcan es más latente que nunca.

A pesar de que la mayoría de los países del mundo ha intentado la eliminación de las armas nucleares, los resultados han sido marginales. De acuerdo con información de la Secretaría de Relaciones Exteriores, 115 países han firmado tratados internacionales que establecen como zonas libres de este tipo de armas a América Latina y el Caribe, sudeste asiático, Pacífico sur, Antártida, África, Asia central y Mongolia. Sin embargo, entre los nueve países poseedores de armas nucleares (Estados Unidos, China, Rusia, Reino Unido, Francia, India, Pakistán, Corea del Norte e Israel), suman 17 mil 270, de las cuales dos mil están listas para ser detonadas. Además, después de la creación de la bomba atómica, se han realizado dos mil ensayos nucleares en el mundo, provocando severos efectos nocivos. La cantidad de dinero que se destina a mejorar los protocolos de seguridad, mantenimiento y modernización de estas armas, frente a los millones de personas que viven y mueren en extrema pobreza, resulta insultante, y la existencia de estos aparatos es un permanente recordatorio de la irracionalidad de la que algunos hombres son capaces.

No es necesario que haya guerra para temer una detonación, varias veces hemos estado al borde de la destrucción accidentalmente, por eso esta amenaza latente ha llevado a un grupo de países, entre los que se encuentra México, a retomar la discusión sobre la proscripción de las armas nucleares, no desde el enfoque de seguridad, sino desde el de su impacto en la salud, la economía, la seguridad alimentaria y el medio ambiente, entre otros. Así, esta semana, México hospedó la Segunda Conferencia sobre el Impacto Humanitario de las Armas Nucleares, en Nayarit. La participación de 146 países es una clara muestra del interés y compromiso por alcanzar una solución a este problema. La conclusión más relevante, hecha por la presidencia mexicana de la conferencia, es la necesidad de iniciar un proceso diplomático que derive en el acuerdo de un instrumento jurídicamente vinculante que proscriba de manera definitiva las armas nucleares, algo que no se ha logrado en la Organización de las Naciones Unidas y que parece complicado alcanzar en otro espacio. Es sin duda una meta muy ambiciosa, pero también muy deseable. Sobre la siguiente conferencia, a celebrarse a fines de este año en Viena, pesa una enorme expectativa de avanzar en esa dirección, encontrando la forma de incorporar a esta voluntad colectiva a los países poseedores, cuya participación es indispensable para desarrollar un nuevo modelo de seguridad internacional que no esté basado en el miedo, sino en el respeto y en el aprecio de nuestra propia vida y civilización.

                Politóloga. Senadora
                de la República

                Twitter: @Laura_Rojas_

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