NINFOMANÍA: PRIMERA PARTE

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La Crítica 30/05/2014 03:05
NINFOMANÍA: PRIMERA PARTE

Por Alonso Díaz de la Vega

Para Lars von Trier, la provocación es finalidad y estética: concepción del mundo. Desde una aparición pública hasta la producción de cine pornográfico, Von Trier actúa, de manera invariable, con el escándalo en mente. Su fórmula, que justifica las emociones menos funcionales del hombre, acaso malestares sicológicos como la depresión, le ha garantizado un vasto público. El triunfo de los melancólicos y los rechazados complace de manera universal porque en todos habita la soledad que pregunta: “¿Por qué a mí?”. Filmar la historia de una ninfómana es, entonces, un paso natural para un director que se regodea en la afrenta y en la investidura de forastero y redentor de los renegados.

En Dogville (2003), Anticristo (Antichrist, 2009), Melancolía (Melancholia, 2011) y, por supuesto, Ninfomanía: primera parte (Nymphomaniac, Vol. I, 2013), el cineasta danés ha dirigido sus esfuerzos no a la compasión, sino al empoderamiento de su tristeza. En su última cinta, la protagonista, Joe (Charlotte Gainsbourg), se ataca de manera reiterada ante la clemente escucha de Seligman (Stellan Skarsgard), quien le asegura que no puede ser, como ella dice, una mala persona. Von Trier utiliza al perceptivo Seligman para extraer la moralidad de la narración de Joe y hacerle una petición a la audiencia: escuchar con la misma sensibilidad. Seligman compara las acciones de Joe con varios temas, desde la pesca con mosca, hasta la polifonía en la música de Johann Sebastian Bach, para equiparar la condición de Joe con las labores de la naturaleza y la belleza. Para Von Trier la ninfomanía no es un desequilibrio; es una liberación. “Si tienes alas”, alega Seligman, “¿por qué no volar?”.

La naturaleza autorreferencial de la cinta le da a la pretensión de Von Trier una cualidad didáctica. Seligman interpreta el relato de Joe por nosotros para invalidar al crítico y hacer del filme una experiencia incuestionable. Con esta defensa absurda, dictatorial incluso, Von Trier niega la posibilidad de diferir; al fin ha construido el subterfugio hacia el que se había orientado su obra entera, y con ello su más grave idea: el crítico no puede ser criticado. Von Trier valora su visión del statu quo por encima de cualquier diferencia y se sitúa en el mismo tribunal que sus acusados. Su ninguneo lo termina anulando a él.

@diazdelavega1

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