Integración latinoamericana en el siglo XXI

La globalización ha ido disolviendo la validez de las visiones limitadamente regionalistas del desarrollo.

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Julio Faesler 28/06/2014 00:58
Integración latinoamericana en el siglo XXI

La Alianza del Pacífico es la más reciente de las propuestas para avanzar hacia la integración de América Latina.

Desde los albores de nuestra América Hispana independiente, ese propósito se tradujo en los acuerdos bilaterales de Unión, Liga y Confederación Perpetua promovidos por Simón Bolívar y firmados en 1823 entre Colombia, México, Perú y Centroamérica. A ellos siguió el Congreso Anfictiónico de Panamá de 1826, con su segunda reunión en 1828, en Tacubaya. Desde entonces, los intentos de enlazarnos han sido constantes.

Ya en el siglo XX, la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC), creada por el Tratado de Montevideo de 1960, siguiendo el ejemplo del Tratado de Roma de 1958, se propuso establecer una zona de libre comercio en 12 años. 

La integración latinoamericana zozobró por culpa de los grandes agricultores e industriales que no consentían la llegada a sus mercados de los productos más competitivos del área. Se frustraba unificar un mercado desde el Río Bravo hasta la Patagonia, formado por 350 millones de productores y compradores.

Sin el sentido de peligro que explicó la urgencia con que los europeos progresaron de la Comunidad del Hierro y del Acero de 1954 a un mercado común, a nosotros los latinoamericanos no nos corría prisa y la evolución hacia una estructura continental se aletargó. Podíamos tomar nuestro tiempo remendando el viejo proyecto con asociaciones regionales.

Desgranado el gran proyecto en acuerdos subregionales, como el Andino de 1969, los mercados comunes del Caribe o el centroamericano, hoy coexisten algunos Acuerdos de Complementación Industrial o “de alcance parcial” dentro de la Asociación Latinoamericana de Integración (ALADI).

Dos polos, el Mercosur, nacido en 1991 de una concepción continental brasileña, y el TLCAN, norteamericano, creado en 1994, dominan el escenario que soñaron los libertadores del siglo XIX.

No hay por qué concluir que los elementos comunes con Latinoamérica, de tipo cultural, de idioma, tradiciones, han de resumirse en meras ventajas de exportación. La familia latinoamericana comparte historias, visiones y aspiraciones que no se han diluido. Prueba de ello es el interés en lanzarse un nuevo proyecto, la Alianza del Pacífico, que nos asocia con una perspectiva actualizada más amplia que nunca.

La globalización, en efecto, ha ido disolviendo la validez de las visiones limitadamente regionalistas del desarrollo. Hace tiempo que el Mercosur tiene acuerdos económicos con la Unión Europea, al igual que México, que ha abierto una red de relaciones de todo tipo con países de todos los continentes. Argentina, en el extremo opuesto de América, piensa solicitar adherirse al TLCAN.  

La negociación de la Alianza del Pacífico, que habrá de reunir a más que sus cuatro países fundadores, México, Chile, Perú y Colombia, se queda corta frente a la colosal pretensión del Acuerdo Estratégico Transpacífico de Asociación Económica (TPP), impulsado por Estados Unidos, que supuestamente entrará en vigor el primer trimestre de 2015 y que va mucho más allá de lo continental. Las dimensiones de este acuerdo, que incluye a México, Chile y Perú, son comparables al esquema de un mercado común asiático que abarque la región de la ASEAN y ocho países más, empezando por China.

En este dinámico, por ahora inconexo, proceso de expansión y reforma en las estructuras y equilibrios geopolíticos, corresponde a América Latina no perdernos en cortas  ambiciones, sino adelantarnos a proponer los arreglos que mejor convengan al bienestar de nuestros pueblos.

En cuanto a México, lo que debe interesar es que los intercambios que hagamos en los inmensos mercados que prevemos con asociaciones modernizadas, como las que realizaremos en la cuenca del Pacífico, se hagan con exportaciones verdaderamente nuestras y no meros ensambles de componentes extranjeros que sólo inflan las estadísticas, sin aportar dinamismo a la ocupación de nuestros trabajadores.

Cada uno de los proyectos que están surgiendo son oportunidades que no debemos dejar pasar, como hasta ahora, para ampliar y consolidar cadenas de producción, crear los empleos que urgen y para imbricarnos con éxito propio en los horizontes mundiales del comercio e inversiones, a los que todavía no se les ve la orilla.

                *Consultor

                juliofelipefaesler@yahoo.com

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