Parquímetros y cultura

Los mudos aparatos mecánicos también requieren vigilantes para asegurar su funcionamiento.

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Julio Faesler 08/03/2014 03:02
Parquímetros y cultura

La Ciudad de México tiene barrios de extraordinaria belleza y fascinantes raíces históricas como Coyoacán, uno de los grandes señoríos precortesianos. Poco a poco el crudo mercantilismo comercial ha invadido muchos de sus espacios, amenazando las zonas más típicas. El asunto no sólo es capitalino. El caso se presenta en muchas ciudades de la República cuyos clásicos entornos hay que proteger contra construcciones utilitarias sin más razón de ser que el rendimiento comercial.

A la vulgarización del aspecto citadino se añaden las marejadas incontenibles de automóviles que estrangulan y hacen un caos de las calles. Para mitigar el problema se propone la instalación de parquímetros. Tratándose de una zona con su famosa personalidad de antiguas fachadas y arboleadas calles empedradas, esos aparatos resultan para muchos de los moradores un torpe e inútil invasor. El asunto provoca una airada discusión ciudadana y de funcionarios las más de las veces prepotentes y sordos ante los reclamos.

Como vemos en muchas ciudades del mundo y en varias colonias de la nuestra, los parquímetros son de evidente utilidad para descongestionar calles intensamente afectadas por el tránsito que las avasalla y ahoga, agravada por la escasez de espacios de estacionamiento y por la falta de un transporte público eficiente y moderno.

Los parquímetros, sin embargo, no remedian el problema central originado por los millones de automóviles que circulan en las ciudades. Sólo marcan el tiempo de la estancia autorizada; en realidad reducen los espacios que desordenadamente venía utilizando el automovilista lo que puede resultarle frustrante. Según se propone, las tarifas que el servicio cobraría serían para el que instaló los parquímetros, la autoridad del DF y supuestamente para la delegación.

Tratándose de Coyoacán donde los vecinos del centro se oponen a que sus calles sean afeadas con los mencionados aparatos que sustituyen a los tradicionales cuidadores. De los “franeleros” se dice que algunos son narcomenudistas. A esta acusación se respondería que esos individuos deben ser seleccionados, registrados y obligados a portar uniformes que los identifiquen como ya estaba comenzando a hacerse en Coyoacán. Los mudos aparatos mecánicos también requieren vigilantes para asegurar su funcionamiento. Con o sin parquímetros o “franeleros” no dejarán de merodear las odiosas grúas en busca de infractores.

Un grupo muy activo de vecinos se dio a la tarea de impedir la instalación de los parquímetros. La reacción de las autoridades fue inmediata. Cientos de policías y granaderos en camiones y patrullas se apostaron en las antes tranquilas calles cercanas a la Plaza de Santa Catarina para defender el operativo oficial.

El secretario de Gobierno del Distrito Federal afirmó que “sólo con diálogo se llegarán a acuerdos con los ciudadanos y no con actos violentos como el impedir la instalación de los parquímetros”. La falta de diálogo fue precisamente lo que orilló a la enérgica reacción cívica.  La asambleísta Priscila Vega ha insistido en la necesidad de resolver este diferendo a través de una consulta popular incluyente con carácter de vinculante para todas las partes. Es ésta la forma de resolver democráticamente el problema.

Trabajando permanentemente sin que los cambios sexenales afecten los ciudadanos requieren velar por la integridad histórica y estética de los sitios urbanos y rurales más valiosos del país. Para ello, es indispensable la asesoría del INAH para que, cuando haga falta su firme respaldo, se frenen decisiones autoritarias o empresariales que dañan el patrimonio cultural que hay que respetar, compartir y heredar.

                *Consultor

                juliofelipefaesler@yahoo.com

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