Un globo...

Todo cuanto existe ha sido creado primero en nuestra mente.

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Julia Neumann 29/08/2014 00:00
Un globo...

La inteligencia humana está sometida a un vasto proceso histórico de transformación. Somos eslabones de una cadena en la evolución de la conciencia. Hay una frase que escuché esta semana y en ella quiero basar mi reflexión de hoy: “ Creo en lo que creo.”

Para crear hay que creer primero en que es posible. De ahí viene esta otra frase conocida: la fe mueve montañas. La forma básica de fe que precede a todo aquello que está explícito en nuestro existir. Heidegger ha definido a la existencia como un estar en el mundo. Hay tantas maneras de estarlo como personas, estar en el mundo implica tener un interés, un deseo de ser y, por lo tanto, de hacer. Así nos adentramos hacia lo desconocido y nos atrevemos a salir de nuestra zona de confort. Crear es ampliar nuestros horizontes, es hacer crecer nuestro universo para que se encuentre con el de otros, que a su vez seguirán expandiendo el nuestro. Ese paso hacia lo incierto consta de dos cosas indispensables: valor y decisión. Es una apuesta a favor del futuro, un riesgo que siempre vale la pena tomar. Leonardo Da Vinci, el famoso pintor que dio vida a la Gioconda, vivió en constante observación del mundo que lo rodeaba; consciente y orgulloso de ser, como él se definía, un “iletrado”, autodidacta y lúcido observador de fenómenos naturales basó muchos de sus inventos en la filosofía natural. Cuentan que observando a una libélula fue como imaginó a ese objeto volador que sería capaz de permanecer suspendido en el aire, lo que hoy se conoce como helicóptero. Hoy venía caminando con mi hijo y me dijo: “Mamá, quiero un globo”. Un hombre sostenía de unos hilos una docena de objetos voladores ya identificados, me acerqué y, tras un sencillo y veloz proceso de canje y transacción, mi hijo tenía al Hombre Araña amarrado en uno de sus dedos.

—¿Los globos vuelan porque son redondos? Ante su pregunta y mi mirada perdida entre esa figura que va en nuestro recorrido desde el cielo, mi mente sintió el impulso de volar en silencio también…

Estamos hechos de partes circulares, nuestros pulmones son dos globos. Las esquinas rompen, son como esas astillas de los árboles, como las puntas de la piedra, como el alfiler que penetra y rompe con lo circular. En lo angular se da ese encuentro de lo afilado con aquello que se rompe, pero aun en el más afilado y peligroso de los ángulos existe la redondez al final, como en el caso de una espina. Los esquemas de globos funcionan bien para explicar una teoría; agrupan conceptos, señalan esas ligas que existen entre las ideas, es un organigrama que le facilita a la mente humana, que es redonda. Familiarizarse con una solución nos permite tener una visión esquemática para analizarla de una manera concreta. Los globos, esos objetos como el que lleva mi hijo anudado a su pulgar, son también esféricos, como esa nave acuosa, donde él mismo viajó por nueve meses. Los globos son redondos porque se parecen a nuestras células, asemejan a nuestro cerebro, a nuestros ojos, a cada uno de nuestros orificios que se abren y se cierran. Los globos se parecen al sol y a todo su sistema.

Nuestro corazón sufre también de redondez; nuestras venas, nuestros poros y, si el alma tuviera una física palpable, seguramente también, así como la energía, sería un objeto sin esquinas, curvo… para deslizarse sobre el tiempo, porque como veíamos en aquella serie de televisión, el túnel del tiempo está formado por aros que van de uno grande hasta el pequeño orificio por donde penetraban nuestros personajes para aparecer desorientados en el centro del Coliseo romano dos mil años atrás. Vivimos en un globo terráqueo, en una esfera gigante y relativamente pequeña contra el resto del universo, que a su vez está inmerso en un movimiento astral y planetario y, sobra decirlo, circular. Están los balones de futbol que hacen girar el planeta, globos para recorrer el mundo en 80 días. La redondez es un tema de principio y fin, es el encuentro del tiempo, es el ciclo eterno de los sucesos que van y vienen, es el vértigo del que sufre lo continuo, lo que no para, el círculo de la vida, lo que nace y lo que muere, el ciclo del agua. Seguramente Dios tendrá también en su benevolencia la redondez, para mantenernos en una ignorancia redonda como aquellos cúmulos de agua acolchonada que decoran el paisaje por donde viajan los globos. Incluso cuestiones técnicas como la economía giran en torno a la globalización. Hay globos de aire, los de gas que suben y si los dejas libres viajan y vuelan a quién sabe dónde…

—“Mamá”. La voz de mi pequeño me regresa del plano mental y sé que debo responderle por qué los globos vuelan. Me detengo frente a él, me inclino y, ya que tengo mi mirada frente a la suya, le pregunto: ¿Por qué crees que vuela tu globo? —Porque tiene adentro algo que lo hace volar. Sonrío y le respondo: “Se llama helio. Los globos vuelan porque a alguna persona muy inteligente se le ocurrió rellenarlos de helio”.

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