El ajustador

Hoy he decidido aventurarme a hacer un experimento.

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Julia Neumann 11/07/2014 00:00
El ajustador

Casi nunca lo hago, por lo general prefiero abrir un libro. Ayer llovía y mi cabeza se encontraba más atiborrada que de costumbre. Así que me acomodé en mi sillón y, con un paquete de pistaches en una mano y en la otra el control (de la televisión), me dispuse a ver de nuevo mi serie favorita: Sexo en la ciudad. Se desarrolla en uno de mis escenarios preferidos, dialoga sobre la mujer soltera actual, y es narrada desde la voz de Carrie, que además de escribir resulta ser adicta a los zapatos y, como yo, publica precisamente en el espacio semanal de un diario. El personaje en cuestión tiene conmigo muchas cosas en común, ella toca temas que a simple vista parecieran superficiales y yo superficialmente rozo tópicos medulares.

Gracias, no sólo a la libertad de expresión, sino al amplio espectro de pensamiento que tiene el editor de esta sección, hoy  he decidido aventurarme a hacer un experimento. Jugaré a ser una columnista que se da a la tarea de narrar lo cotidiano. Algo así como: Ayer salí a comer con dos amigas.

Carla: Una mujer espectacular en todos los aspectos, hermosa por dentro y por fuera, editora, madre de tres y divorciada hace menos de un año, abre el tema de conversación. –Desde que me divorcié he chocado tantas veces que el hombre del seguro no sólo se sabe mi historia completa y me abraza mientras lloro, sino que ya me pidió mi número de  teléfono.

Típica escena del famoso programa que acabo de mencionar. Los guionistas saben muy bien de lo que hablan, pues nuestra plática no difería nada con esos diálogos que intercambian las actrices. Todo en la vida puede ser una metáfora, Elizabeth Gilbert, en su libro Comer, amar y  rezar, tiene una muy explícita y asertiva en relación a este tema: “Divorciarse equivale a chocar todos los días durante dos años”. Yo diría que es más como si te atropellaran, pero esta vez deseo mantener la objetividad y no hablar de mi  feria personal. Lo único que agregaré, es que ahora entiendo bien por qué le dicen feria. Suponiendo que sea cierto aquello que afirma rotundamente la escritora del best seller, mi amiga continuará conduciendo con la mirada vidriosa y con la cabeza perdida en otra parte, y es muy probable que siga teniendo resbalones automovilísticos por los siguientes 12 meses. Yo no he corrido con su suerte, por lo general camino y ando mucho en bicicleta. Claro que no descarto el accidente, pues el mismo amor lo es, cuando empieza, empieza así;  inesperadamente. Si el deseo de mi amiga fuera el de estrellarse cada vez que pueda con el coche de enfrente, jamás sucedería. Para encontrar esas sorpresas que nos reserva la vida hay que andar naturalmente distraídos. Una cosa lleva a la otra,  la plática fluye libremente, y antes de que llegue el plato fuerte estamos las tres arrebatándonos la palabra. Todas queremos descargar esas emociones, darles voz para entenderlas, cada una con su propio tema, mas como suele pasar entre esas hembras que por “elección” decidimos, o no, estar solas, hablamos según el momento en que nos encontremos. Rondamos por nuestros sueños y proyectos, si la amistad es sólida, intimidamos, si no, compartimos el nombre del último tinte que no maltrata el pelo, intercambiamos títulos de libros y nos explayamos sobre los defectos o las cualidades de esos miembros del sexo opuesto, si… Las mujeres hablamos de ese “otro”, pero únicamente en relación a nosotras mismas. Hablamos sobre sexo, y te confieso que muchas veces lo hacemos a detalle, ponemos sobre la mesa los problemas típicos que surgen en las relaciones, esos detalles que nos enamoran y esos otros que provocan justamente el efecto contrario.

Mas siempre salen las anécdotas, mis favoritas, muchas de ellas no pueden ser narradas en un espacio como éste, pues el título dista mucho del de Sexo en la ciudad que encabeza las letras de la escritora del programa de televisión .

Adentradas en el tema de las citas, parecía que las tres competíamos por ganarnos el trofeo de la peor… ganándole por default a aquella  del hombre casado, que sólo al final de la cena lo confiesa a manera de pequeño defecto, batiendo también a esa otra  historia, en la que el susodicho sólo hablaba de su ex mientras lloraba, hasta tener que pasarle un pañuelo desechable para que se limpiara la nariz. Dejando en segundo lugar a ese otro buen cuento, en el que el príncipe azul le pide a la princesa que le enseñe bien los dientes, de la misma forma en que se los revisan a un caballo antes de comprarlo. Así… entre risas, apodos y nombres propios, hice al fin mi intervención.

–¿Qué tan mal te puede ir con un músico? Les pregunto, antes de explayarme en aquella “cita a sordas” en la que fungí como público cautivo durante dos eternas horas, en las que mi acompañante tocó su  guitarra, misma que no dejó ni por un instante de sonar, una serenata individual y sin intermedio.

Alejandra: A pocos días de llegar a los cuarenta, también una mujer bella y talentosa dirige la mirada a mi amiga Carla, que masticaba lentamente la información:

–Ten paciencia ya llegará ese día en que hasta lo contemples. Obviamente, refiriéndose a buscar el amor con el ajustador.

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