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Def: Un placer esencial

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Julia Neumann 23/05/2014 00:00
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¿Por dónde empiezo? ¿ Por mi caída o por la de otro? ¿Por esa tarde en la que por “casualidad” me topé con uno de tantos salvaguardas angélico-humanos que el 14 de mayo de 2014 le dio un giro a mi existencia en una simple llamada telefónica o te cuento lo que me sucedió justamente ayer? Empezaré por lo segundo. La historia sucede en la banqueta de un parque, aproximadamente a las dos de la tarde; vengo en bicicleta, me siento libre, en paz, plena, aprecio el paisaje y la vida que me rodea. Mi diálogo interno se sincroniza con ese ritmo que llevan mis pedales; agradezco… gracias por estar viva, por tener todo lo que necesito y por las cosas extra.

De repente sucede: mi medio de transporte empieza a tambalearse sobre sus dos ruedas y cuando menos me lo espero ya estoy en el pavimento. Las llantas de un vehículo motorizado quedan a centímetros de mi cabeza; en segundos cesa la tendencia positiva de mis pensamientos. Mis hijos, no traigo casco, reviso mi cuerpo, la gente me mira… por alguna razón no me levanto, siento que necesito ayuda y ésta llega en un instante. Un hombre que viene en moto se detiene, me levanta y recoge las cosas que habían salido volando de mi bolsa. ¿Estás bien? Lo escucho como un eco. Sí. Respondo con un nudo en la garganta. Me siento en una banca a esperar a que este hombre me consiga una bolsa de hielo. En ese momento pasa frente a mí Agustín Corona, alias Coronita, un expublicista que se asegura en sus tiempos talentoso y con la mirada triste y la vergüenza ya gastada me pide si no tengo algunos pesos para ayudarlo a pasar el día. Siéntate, lo invito, mas elige quedarse de pie. El otro hombre se acerca con el hielo y de pronto estamos los tres inmersos en una conversación profundísima sobre nuestras vidas. Agustín Corona trae la ropa gastada, no se ha bañado y llora al narrar desesperadamente lo que hasta hoy es su biografía. No tengo trabajo, ni siquiera la gente que trabajó para mí quiere contratarme. No tengo dinero y, por lo mismo, no veo a mi familia. Vivo solo en un cuarto, tengo 69 años, hoy es mi cumpleaños. Y mientras soy testigo de su desolación,  mi vida empieza a tomar nuevamente perspectiva; de nuevo me siento bendecida y desde ese mismo sitio, desde el corazón, me salen las siguientes palabras: Quiero ayudarte. ¿Tienes tus papeles, puedes constatar lo que me cuentas? Sí. Responde limpiándose las lágrimas.

Sin pensarlo, pues realmente no tengo idea de cómo hacer para ayudarle, le digo: Dame tu teléfono. Llevo un día entero dándole vueltas, y me surgen algunas ideas; una es escribir a grandes rasgos esta anécdota, pues sé que ahí afuera hay personas que dedican sus vidas a ayudar, como el hombre del que hablaba al inicio de este testimonio, el  mismo que en una llamada de teléfono me dejó en claro  que mi misión en la vida era ayudar; es la misión existencial por excelencia y ninguno está exento a necesitarla y, por consiguiente, a hacer aunque sea el esfuerzo por proporcionar ayuda al que lo necesite.

Me he comprometido en este caso, y por este medio pido ayuda para ayudar. Agustín Corona es sólo uno más de tantísima gente que necesita ayuda. ¿Por qué enfocarme en él? Por la simple razón de que se cruzó en mi camino para pedírmela. Agustín siguió su camino. El hombre que me ayudó a levantarme seguía sentado junto a mí. Todos  sufrimos, dijo. Yo perdí a mi hija hace cuatro años; conozco muy bien el dolor. A mí sólo me dolía la rodilla, y en ese momento era lo que menos importaba. Yo seguiré pensando en cómo regresarle a este hombre la esperanza. Si alguno de ustedes tiene una idea, por favor contáctenos. Hoy este es el número de teléfono de un hombre desamparado: 5549125032. Quizás algún día podrían cambiar los dígitos. Gracias.

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