Terapear

La función que ocupaba el confidente, hoy es ejercida por “profesionales”.

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Julia Neumann 21/03/2014 00:00
Terapear

Hoy, acudir a terapia es una salida aparente, fácil, temporal o definitiva que se nos ha vuelto una necesidad. La adicción a hablar acerca de nuestras cosas con alguien desconocido que se lleva la mitad de nuestras quincenas se ha convertido en parte de nuestra cotidianidad.

La función que antes ocupaba el sacerdote, la vecina o el confidente al calor de unas copas es ejercida por “profesionales” en la materia de nuestras propias vivencias. Hombres y mujeres que desde su estrado observan y cuestionan las más delicadas circunstancias humanas que, vistas desde su asiento, parecieran siempre solucionables.

Uno, como un equilibrista sin sensatez, aparece ante ellos para hablar del vacío.

Ellos, a su vez sin red, sin mucho conocimiento de los riesgos de la física, pretenden teorizar o teorrorizar lo que simplemente es vida, la vida de un pequeño que se cuestiona apenas la existencia sin poder comprenderla desde un rincón oscuro y desolado fuera de la tierra firme.

Cuando se está dentro de la tormenta de una crisis de la existencia, ese pequeño y novato ser desvalido decide invertir su tiempo en todas estas nuevas tendencias de trabajo y superación personal... Llámese: flores de Bach, sicoanálisis, terapia corporal, ayahuasca, terapeuta gestalt, guías espirituales, hipnosis, Thetahealing, masaje maya, reiki, chamanismo, cartas astrales, videntes,  tarot y hasta el tan afamado sexo tántrico... pensando que saldremos con más respuestas que preguntas, y terapeados, mas no trapeados.

¿Qué dirían hoy Freud y Jung sobre cómo se maneja hoy en día el juego de la problemática de la mente? Se cuestionarían, en el mejor de los casos, la evolución y en el producto en que se han convertido sus teorías. Es apasionante ese amplísimo mundo… el infinito de nuestras mentes, en donde habitan nuestros recuerdos, los miedos, las obsesiones, algunos caprichos y esos deseos. Océano indescifrable, mil veces más grande que aquellos que atravesaron Colón y Magallanes basados no sólo en esa fe de un dios que no veían, sino que movidos por sueños propios e intuiciones, lograron conquistar tierras lejanas.

Soy absolutamente creyente y adepta a ese trabajo serio que realizan algunos, aquellos que tienen claridad, que han adquirido estados de plenitud que pueden compartir, los que han alcanzado a acomodar sus prioridades, los que conocen de cerca el dolor y el miedo, los que consideran como objetivo primordial la salud mental y siempre toman en cuenta que nada se consigue si no hay paz en nuestro corazón. En mi búsqueda me he topado con todo tipo de personas, definitivamente he caído en manos de uno que otro charlatán, mas he tenido la bendición de haber encontrado también esos otros seres que me han ayudado a ir alumbrando mi camino. Hoy me encuentro en una encrucijada, pues ayer uno de los hombres más inteligentes que conozco me decía: “Mejor ponerme a trapear que a terapear. Yo escojo limpiar mi propio espejo, donde mi reflejo no me engaña. A trapear también todos estos artilugios que sólo me complican y enmarañan la cabeza. La terapia es, sin duda, desahogo, unas cuantas lágrimas,  curitas, gasas y un poco de agua oxigenada para el alma doliente, el verdadero consuelo sólo lo encontraremos dentro de nosotros mismos”.

Radical, sí, pero tiene un punto: hoy todos confiamos en que la cura mágica se encuentra fuera de nosotros, y que, como cuando éramos niños, alguien estará siempre para ayudarnos a resolver nuestros problemas. Como yo lo veo es así: una buena terapia siempre es un regalo que nos damos a nosotros mismos. El autoconocimiento es una herramienta que me facilita ir resolviendo esas dudas existenciales mientras trapeo.

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