Confiar

Def: Tener fe

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Julia Neumann 14/02/2014 00:00
Confiar

Estoy sentada en el avión. Junto a mí, un señor con shorts de camuflage que tiene ganas de platicar y yo sólo tengo intenciones de leer. Es canadiense y me cuenta que seis meses del año, para huir del clima, vive en Huatulco.

 —¿Y qué haces en Huatulco? —pregunto.

-Camino en la playa, descanso, compro la comida, cocino, leo… vivo mi vida —me responde.

Hay un dicho budista que dice así: “Antes de iluminarme, cortaba madera y cargaba agua, después de iluminarme, corto madera y cargo agua”. Así de simple es vivir. Voy camino a casa, regreso de un viaje fantástico, pues no ha sido sólo el cambio del paisaje, del clima y la geografía, sino que esta experiencia se ha tratado sobre todo de un  traslado interno. Por las mañanas salí a caminar alrededor de un lago; la luz del invierno, el paisaje nevado y en la cara el viento congelado ocasionan en mi ser un estado introspectivo… Se piensa mejor con la cabeza fría y, por alguna razón, a menor temperatura, mayor es el silencio. Entierro mis botas enormes en la nieve, como queriendo desenterrar la primavera que empieza a gestarse debajo de esta enorme capa blanca. ¿Llegará la primavera? ¿Quizá debajo de esta gran masa de agua congelada sólo hay rocas y lodo infértil? ¿Y si los árboles ya hubieran dado sus últimos frutos y planearan quedarse desnudos? No hay duda, siempre llega. La primavera, obviamente, llegará. ¿Entonces por qué, en lo que a mí respecta, tengo tantas dudas? ¿Qué pasará conmigo? Me cuestiono ante la incertidumbre de un futuro aún inexistente, y es en ese momento, rodeada de montañas, que para verme asoman la cabeza entre las nubes, cuando caigo en cuenta. Mis miedos no son otra cosa que un aburrido diálogo interno. Ese hoyo en la panza, ése que en repetidas ocasiones he sentido, no es otra cosa más que un indicador de hambre espiritual. Cuando llega “la duda”, y no me refiero al cuestionamiento existencial ni a esos deliciosos debates filosóficos, sino a LA DUDA en toda la extensión de la palabra. La desconfianza se apodera de nosotros y nuestros creativos y transformadores pensamientos quedan reducidos y a la vez multiplicados en molestas hormigas, parecidas a las que se amontonan alrededor de un día de campo.

Es ahí cuando debemos salir de nuestras cabezas para entrar en ese otro territorio, el de nuestro corazón. Desde ahí podemos afrontar nuestras propias preguntas, pues el intelecto tiene el límite de lo lógico. De la misma manera en que estamos al tanto de aquello que le sucederá a este escenario pasando el invierno, si nos quedamos quietos y escuchamos esa voz que nos habla desde adentro, sabremos que nuestro ser superior, tarde o temprano, emergerá. Entre una cosa, David, el hombre  que está sentado junto a mí dentro de este artefacto volador, me confiesa que tiene 65 años y que aún no sabe lo que quiere. No es la típica conversación que se da entre dos desconocidos y, probablemente por eso, porque un ser humano abre ante mí su corazón, es que ha atrapado mi atención.

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