Corresponder:

Def: devolver los afectos o beneficios recibidos.

COMPARTIR 
Julia Neumann 06/12/2013 00:00
Corresponder:

Recibe el nombre de correspondencia la acción o efecto de pagar algo con igualdad, y qué mejor pago que el que se hace desde la intención de compartir la mente y el alma por medio de las letras.

Las cartas transportan soledades, que únicamente dejarán de serlo cuando traspasen la mirada atenta del destinatario.

A manera epistolar Rainer Maria Rilke le regala su sabiduría a Franz Xaver Kappus, el joven poeta. “Las cosas no son todas tan palpables y decibles como nos querrían hacer creer casi siempre; la mayor parte de los hechos son innombrables, se cumplen en un ámbito que nunca ha hollado una palabra; y lo más indecible de todo son las obras de arte, realidades misteriosas, cuya existencia perdura junto a la nuestra, que desaparece”. Es verdad que los que lo hacemos, los que intentamos ponerle nombre a lo invisible e ilusamente anhelamos ajustar el caos que nos rodea, los que trazamos un garabato o guardamos palabras sueltas escritas sobre una servilleta de papel, lo que en realidad buscamos es la trascendencia.

¿Por qué? Por una razón que es aparentemente simple: para que nuestra efímera existencia adquiera significado. Yo escribo para regresarle al mundo lo que de él he ido tomando prestado, y por más que en muchas ocasiones no consigo traducir al idioma concreto de las letras aquellas ideas y sensaciones, lo sigo intentando a causa de ese vicio del que soy presa: la comunicación.

Hola, Julia:

—Ayer exactamente casi cumplí cien años de existencia. Quizá el mejor regalo fue leer tu texto de “El arte del verbo”, tus palabras llenas de poesía y de hermosas metáforas me llevaron por un instante a la elevación del espíritu, a sentir la belleza del arte de juntar palabras (Borges dixit); aun la conclusión del conejo me gustó.

Esta fue la primera noticia que tuve de don Vicente, un hombre de cien años, pensé… instantáneamente quise conocerlo, pensaba que por lo menos la vista debía fallarle y por esa razón podría ir yo a leerle a cambio de un poco de sabiduría. Le escribí para proponerle mi idea, y para mi sorpresa esta fue su respuesta:

—Hola, Julia:

En primer lugar te ofrezco una disculpa por el mal chiste de mi edad: nací el dos de junio de mil novecientos cuarenta y siete, así que el sábado anterior cumplí sesenta y cinco años. Quizá, por lo vivido, sí esté cerca de los cien. Te reitero mi aprecio por tu texto, que como una perla entre el tsunami de información, resaltó ante mí, por su belleza y lucidez. Soy lector irredento, amante de la música —clásica o de concierto, el jazz, blues, rock, y también el pop—; el cine: he visto miles de películas, afición que inicié a los diez años en el cine Monumental, que se ubicaba en la misma manzana donde pasé mi niñez y adolescencia, y ahora es una de las entradas a la estación del Metro Hidalgo.

He viajado mucho por todo el país, y algunos países de Sudamérica (viví seis meses en Manizales, Colombia). Estuve casado veintitrés años con una mujer ejemplar; ella falleció hace dieciocho años por cáncer de mama. Tengo dos hijos, ya casados: Daniel, nacido en mil novecientos setenta y dos, casado con Gabriela, y Amanda, en proceso de divorcio y que tiene mis dos preciados tesoros: Danna Irina, de diez años, y Annie, de seis años de edad. Aprecio tu generosa respuesta y te aseguro que, con tu bello texto, has ganado un lector permanente.

Te saludo con gratitud y alegría, Vicente.

Aquella “no verdad” se encontraba dentro de un contexto literario, fue por eso que me pareció acertado. En esta era donde lo virtual sustituye al contacto real, podemos, si así nos place, inventarnos identidades falsas, ser quienes queremos ser, aunque justamente por eso en ocasiones dejemos de querer a los que realmente somos.

La relación epistolar acerca al cercano y hace cercano al desconocido.

Otro de los encantos de estas cartas es la libertad con la que te diriges a ese que no conoces, aunque en este caso, mi ahora amigo, desde aquel principio compartía conmigo algo esencial, eso que usualmente acompaña a las amistades profundas y verdaderas, me refiero a las pasiones en común.

Vivimos rodeados de geometría. Somos formas que se mueven en espacios delimitados por curvas y líneas rectas. Hay un tipo de triángulo que tiene noventa grados, los nombres de cada rincón del mundo ni me los sé ni me interesan. Hoy, que escribo estas líneas, es cinco de diciembre y aunque me siento ajena a un mundo que de pronto me aparece tan lleno de nombres y apellidos, sé que por ahí alguno como Vicente Ronquillo me corresponde.

Comparte esta entrada

Comentarios