Vacío de liderazgo

Peña Nieto desperdició una oportunidad para hacer una reflexión profunda y una interpretación del momento histórico que México vive.

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Juan José Rodríguez Prats 04/09/2014 01:51
Vacío de liderazgo

Cuando a un hombre le sigue un pueblo entero, es porque el corazón en las manos lleva.

                Carlos Pellicer

¿Qué decirle al pueblo de México? ¿Cómo intensificar las conciencias para generar un sentimiento colectivo de confianza? ¿Le podemos exigir tanto a las palabras? ¿Es factible ser veraz cuando las conductas no corresponden con las palabras?

De acuerdo con el artículo 69 constitucional, “el Presidente de la República presentará un informe por escrito, en el que manifieste el estado general que guarda la administración pública del país”. El mensaje presidencial no correspondió a esta expectativa. Por lo tanto, ahora tenemos dos eventos: uno que cumplió el secretario de Gobernación al entregar un documento por escrito, y otro, que no sé en qué disposición se sustente, para hacer un acto al más viejo estilo de la presidencia imperial.

Hay que reconocerlo, Emilio Gamboa y Manlio Fabio Beltrones son tiburones de alta mar al hacerles creer a Miguel Barbosa y a Silvano Aureoles que la alta distinción de presidir las cámaras del Congreso les daría una notable jerarquía política. El espectáculo fue deprimente: al lado de un arrogante Ejecutivo, los perredistas mostraban una cara de melancolía en añoranza de su vieja independencia. ¿Cómo van a explicar su incongruencia? En la ceremonia, respeto a la solemnidad y a los ordenamientos jurídicos y, en los próximos días, recabando firmas para una consulta que en la elemental consideración jurídica resulta improcedente.

Peña Nieto desperdició una extraordinaria oportunidad para hacer una reflexión profunda y una interpretación del momento histórico que México vive. Me sigue inquietando el tremendo abismo entre el discurso político y la percepción ciudadana. No me atrevo a hacer sugerencias, pero en mis lecturas recordé algo que, con diferentes matices y entendiendo sus tiempos y a sus diferentes actores, puede ser de actualidad. En 1536-1537, fray Bartolomé de las Casas, derivado de sus reflexiones sobre la condición humana de los indígenas, escribió un tratado sobre cómo convencer y transmitir ideas entre dos civilizaciones totalmente distantes y diferentes, sin el mínimo conocimiento previo de unos y otros, más que, por su capacidad de raciocinio. De las Casas recomienda cinco condiciones para que la predicación tenga éxito:

1) “Los oyentes no deben percibir intención de adquirir dominios sobre ellos”. Hoy la intensa propaganda gubernamental desnuda el propósito de manipulación.

2) “Los oyentes deben estar convencidos de que no hay ninguna ambición de riqueza”. La gran ausencia del mensaje presidencial es una condena explícita a la corrupción y un compromiso de honestidad.

3) “Se debe ser tan dulce y humilde, afables y apacibles, amables y benévolos, al hablar y conversar con sus oyentes (…) que haga nacer en ellos la voluntad de oírlos gustosamente y de tener su doctrina en mayor relevancia”. El mensaje presidencial careció de estas cualidades.

4) “Se debe sentir (…) amor y caridad por la humanidad”. Hubo informes que aventuraron los llamados mensajes políticos. Hoy, con un lenguaje tecnocrático, se nos habla de un cambio de mentalidad y de actitud, pero no se dice por qué, cómo y para qué.

5) “Se debe llevar una vida tan ejemplar que sea clara para todos”. Sin comentarios.

Nuestra clase política arroja un serio déficit de autenticidad; esto es, el intento serio de ser uno mismo. La ciudadanía percibe la simulación. Estamos extraviados, término utilizado por los alpinistas cuando, en el camino hacia la cúspide, no saben cómo avanzar, pero tampoco cómo retroceder. Otros hablan de pervertir, que significa perder el camino; o corromper, que es perder la decencia.

Estamos viendo dos escenarios contrastantes y esquizofrénicos. De un lado, una ceremonia plena de algarabía y triunfalismo; en el otro, un pueblo que, de acuerdo a todos los análisis, manifiesta cada vez mayor repudio y rechazo a la política y a los políticos. Esta realidad amerita asumir un compromiso ético.

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