Confianza y credibilidad

Cuando hay desconfianza, aparece la corrupción, la abstención, manifestaciones evidentes del fracaso de la política.

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Juan José Rodríguez Prats 10/07/2014 01:33
Confianza y credibilidad

Confiamos para vencer no en preparativos misteriosos ni en ardides ni en estratagemas, sino en nuestro valor y en nuestra inteligencia.

 Pericles

 

La política es confianza. Consiste en sumar voluntades para alcanzar el bien común, en concertar acciones conjuntas, en sembrar ideas para cohesionar. Requiere credibilidad. Si no la hay, falla la política, se estanca la economía, se debilita la gobernabilidad y la seguridad pública.

La confianza está vinculada al Estado de derecho. Cuando la norma jurídica tiene una aplicación deficitaria, se produce también un déficit de confianza. La confianza es el cimiento o piedra angular del llamado capital social, es el lubricante de la sociedad. Cuando hay desconfianza, aparece la corrupción, la abstención, manifestaciones evidentes del fracaso de la política.

En 1963, Gabriel A. Almond y Sidney Verba analizaron cinco países: Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Italia y México para medir lo que en su momento se llamó cultura cívica. Almond y Verba señalan que la ciencia es racional, avanza en línea recta, mientras la cultura democrática o cívica sigue un ritmo lento y busca un común denominador. Es decir, un sistema sociocultural que genere un sentido motivador de acción.

Sobre nuestro país, señalan nuestras carencias en materia educativa, la penetración de la corrupción y la marginación de buena parte de la sociedad, pero afirman: “La Revolución Mexicana ha afectado profundamente la estructura social y política y ha estimulado aspiraciones y expectativas modernas y democráticas (…) Muchos mexicanos carecen de habilidad y experiencias políticas, pero no obstante su esperanza y confianza son elevadas”. Incluso aseguran que los mexicanos confían en sus instituciones, más que italianos y alemanes.

Actualmente sucede lo contrario. Hay un enorme desaliento, un desplome en la confianza y un señalamiento contundente de corruptos a funcionarios y partidos políticos.

¿Qué sucedió de 1963 a la fecha? ¿Dónde perdió el rumbo México? ¿Por qué no hemos crecido? ¿Por qué el enorme malestar en la ciudadanía?

Muchos analistas culpan al neoliberalismo a partir de 1982. Sin embargo, yo creo que el movimiento de 1968 —un aldabonazo de alerta a las fallas del sistema— y los regímenes de Luis Echeverría y de José López Portillo resquebrajaron la confianza y la credibilidad. El primero decidió, en 1973, que las finanzas se manejaban desde Los Pinos, entonces inició el derrumbe de la fortaleza monetaria. El segundo contribuyó a un mayor deterioro al apostar todo al petróleo. Cómo olvidar su desafortunada frase: “Los mexicanos debemos acostumbrarnos a administrar la abundancia”.

Miguel de la Madrid prometió una renovación moral sin resultados convincentes. Carlos Salinas y Ernesto Zedillo, hasta la fecha, se culpan mutuamente del “error de diciembre”, también un problema de desconfianza, que propició la huída de capitales a fines de 1994.

La alternancia en la Presidencia de la República por otro partido no tuvo la contundencia necesaria para recuperar la confianza perdida.

Se dice que las reformas estructurales tendrán efectos en el mediano plazo para que México, ahora sí, enderece el rumbo. No puede haber un gobierno exclusivamente de leyes, todos son de leyes y de hombres. Siempre hay un margen de discrecionalidad para sustentar los auténticos liderazgos, pero la ciudadanía debe tener certidumbre en la aplicación de la ley.

¿Qué hacer? Lo mismo que en toda crisis humana, restaurar la autenticidad de la vida. Como dice Ortega y Gasset, “En el hombre que es siempre un heredero y tiene siempre un pasado, todo nacimiento histórico es un renacimiento”.

La frase de Erasmo de Rotterdam tiene gran actualidad: “El vulgo nada imita más que lo que ve en su príncipe (…) a la emulación del príncipe todo el mundo se siente estimulado (…) el príncipe debe cuidarse de no ser malo para, con su ejemplo, no volver malos a muchos”.

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