La omnipresente corrupción

No hay deshonesto de izquierda o de derecha. El deshonesto sólo tiene un principio: su propio beneficio.

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Juan José Rodríguez Prats 26/06/2014 00:42
La omnipresente corrupción

¿Por qué estamos tan mal, si tenemos padres tan notables?: por flojera y corrupción, desgraciadamente.

                Miguel León-Portilla

 

En todos los problemas que confronta México, hay invariablemente un ingrediente de corrupción, definida en los diccionarios como “alterar o trastocar la forma de alguna cosa; echar a perder, depravar, dañar, podrir”. Las últimas semanas han sido prolijas en encuestas, escándalos y denuncias. La ciudadanía lo percibe y reclama acciones contundentes.

El punto 85 del Pacto por México señala la creación de comisiones anticorrupción —nacional y estatales— “con facultades de prevención, investigación, sanción administrativa y denuncia”. En el Pacto también se proponía la creación del Consejo Nacional para la Ética Pública con la participación de autoridades y la sociedad civil. Ésta debió haber sido la prioridad en las famosas reformas estructurales. La corrupción ha permeado de tal manera que son contados los casos, verdaderas excepciones, de quienes han ejercido cargos públicos con honradez, cuando debería ser una conducta incuestionable de toda la clase política.

No hay deshonesto de izquierda o de derecha. El deshonesto sólo tiene un principio: su propio beneficio.

Si bien, un Estado democrático de derecho debe ser eficaz en la rendición de cuentas y la transparencia para combatir la corrupción, la opinión pública considera que nuestras instituciones no observan la ley ni alcanzan sus fines de otorgar servicios eficientes. Se percibe a los partidos políticos como instituciones corruptas y una de las causas es el escaso interés de estos para impulsar la reforma anticorrupción. La propuesta histórica del PAN es la vinculación de la ética y la política, pero su dirigencia mostró un fervoroso esmero para que en la Reforma Electoral se aprobara la propuesta para que los partidos reciban más dinero.

Hay un viejo latinajo muy citado, Corruptio optimii pessima: la peor corrupción es la de los mejores. En otras palabras, quienes tienen las mayores responsabilidades se tornan corruptos. La corrupción ha calado hondo, a grado tal que el hombre íntegro va desapareciendo para ser sustituido por el hombre mutilado, convenenciero, oportunista.

El mal ha cundido con la globalización, a grado tal que el papa Francisco señaló en su homilía del 16 de junio: “Los daños que causan los corruptos los pagan los pobres. Si hablamos de los corruptos políticos o de los economistas corruptos, ¿quién paga esto? Pagan los hospitales sin medicinas, los enfermos que no tienen cuidados, los niños sin educación. Ellos son los que pagan la corrupción de los grandes”.

En México, el líder del Consejo Coordinador Empresarial, Gerardo Gutiérrez Candiani, habla de una política nacional contra la corrupción con una agenda clara de objetivos y responsabilidades para todos. Me parece adecuada esa propuesta. No bastan las leyes si no hay la clara voluntad de cumplirlas, pues, a mayor impunidad, más corrupción.

Dos grandes juristas, Diego Valadés y José Ramón Cossío, recientemente se refirieron a la cantidad de leyes expedidas en los últimos años. Inclusive el ministro Cossío señala que ya no es noticia una reforma constitucional. Ante la velocidad con que se modifica nuestra Carta Magna es difícil llevar la cuenta o enterarse del contenido de las reformas. La expresión es acertada: hace falta patriotismo constitucional, ver nuestra ley fundamental con mayor seriedad y respeto.

Concluyo con otro latinajo, de Tácito, escrito hace más de 1800 años, Corruptissima republica plurimae leges: Cuánto más corrupto es el Estado, más leyes tiene. Necesitamos un nuevo marco jurídico y nuevas instituciones, pero si no hay una real voluntad política de los hombres al frente del poder para combatir este mal, será difícil recuperar la confianza ciudadana y sin ésta nuestra democracia estará cada vez más pervertida.

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