Un debate histórico

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Juan José Rodríguez Prats 10/04/2014 01:59
Un debate histórico

Para algo deben servir las experiencias históricas.

                Adolfo Suárez

 

En 1928, dos grandes mexicanos sostenían criterios diferentes para impulsar la lucha política: Vasconcelos hablaba de cambiar de un solo golpe; Gómez Morin apostaba por el gradualismo. Para el primero, crear una oposición contra el partido oficial únicamente sería una comparsa. En un excelente ensayo, Alonso Lujambio relata la confrontación panista de 1964 entre el dirigente nacional, Adolfo Christlieb Ibarrola y el candidato a la Presidencia de la República, José González Torres, para quien el PAN no fue concebido para arribar al poder, sino para contener sus abusos. Christlieb le da vocación de poder, negocia con Díaz Ordaz, quien se compromete a reconocer los triunfos panistas y a su vez solicita el apoyo en lo que sea benéfico para México. Con ese acuerdo, hubo avances notables. Sin embargo, el Presidente faltó a su palabra: en la controvertida elección en Yucatán a la gubernatura en 1969, se atropelló a la ciudadanía que apoyaba a Víctor Correa Rachó. Aun cuando Christlieb muere con un sentimiento de culpa por haber acercado al PAN al poder, Lujambio afirma que el partido iba en la ruta correcta. En 1991, Luis H. Álvarez asumió los riesgos de la negociación que culminaría con el arribo del PAN a la Presidencia de la República, lo cual motiva a notables panistas a retirarse del partido, con el señalamiento de que el PAN negociaba con el poder.

Retorno a 1982. Debido al rompimiento del acuerdo entre élites financieras y políticas por la expropiación de la banca, el PAN se fortalece con los llamados neopanistas, liderazgos jóvenes con recursos económicos y estrategia electoral. Se terminaban las candidaturas testimoniales.

Esta evolución a vuelo de pájaro describe cómo un partido idealista y doctrinario arriba por fin al poder, pero paga un precio: el alejamiento de sus principios. Señalo fechas fatales que explican este giro:

1998. Un líder carismático de corte empresarial declara que había que darle vacaciones a la doctrina panista.

Junio de 2007. Un abucheo artificialmente preparado en contra del jefe nacional del PAN, figura emblemática desde su origen, por no someterse a las órdenes del jefe del Poder Ejecutivo.

Diciembre de 2007. Por primera vez hay candidato único a la dirigencia del partido.

Marzo de 2010. En un debate en la Cámara de Diputados, se “lincha” al presidente del partido por incurrir en falsedades al suscribir un convenio con el PRI para no ir en alianzas en las elecciones del Estado de México.

Enero de 2014. Ante los reclamos de Fernando Canales y Juan de Dios Castro, el dirigente nacional, sin rubor alguno, designa a los integrantes de la Comisión Nacional de Elecciones argumentando que es su derecho y se niega a responder interpelaciones para justificar las cualidades de sus propuestas. También se evitó investigar casos de corrupción, grave deterioro de la autoridad moral.

Podría agregar muchas desviaciones más de esta evolución de una institución con un puritanismo idealista que devino en un partido, más que pragmático —una cualidad de toda política—, empírico, pues enfatiza el papel de la experiencia ligada a la percepción sensorial en la formación del conocimiento. Se busca lo que da resultados sin reparar en la validez de los medios.

Deteriorar las creencias panistas de hacer política con apego a principios no sólo fue un daño espiritual, sino un daño social que afectó los anhelos por la democracia. En la obsesión por el triunfo electoral, se ha caído en una actitud convenenciera o exclusivamente electorera. El PAN jamás debió haber abandonado su tradicional congruencia, que exige conectar el pensamiento abstracto con el comportamiento cotidiano. El PAN, en su proceso interno, debe alcanzar un punto de equilibrio. La realidad es sucia y hay que meterle mano, pero jamás al precio de olvidar la doctrina.

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