Leyes y democracia

En lo que sí ha sido eficaz nuestro proceso es en democratizar la corrupción. Se da en todos los ámbitos de gobierno...

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Juan José Rodríguez Prats 06/02/2014 02:03
Leyes y democracia

                Enseñar el gobierno a una democracia es habituarla
                 a prescindir del genio.

                Manuel Azaña

 

Somos una democracia de leyes, no de demócratas. Todas las democracias requieren de un marco jurídico para sustentarlas, pero creer que con leyes y no con cultura política se puede alcanzar un sistema de rendición de cuentas y de participación ciudadana —sus dos elementos básicos— me parece, más que una ingenuidad, una perversión.

Hemos venido haciendo reformas jurídicas con resultados cada vez peores. Hemos legislado para el caso y ante hechos consumados, una pésima técnica legislativa. Churchil tenía razón, la democracia es el peor de los sistemas, con excepción de todos los demás, pero puede ser el peor de todos si se pervierte. Tenemos un aparato jurídico, burocrático y costoso muy grande cuyos resultados son cuestionables.

En lo que sí ha sido eficaz nuestro proceso es en democratizar la corrupción. Se da en todos los ámbitos de gobierno, en las organizaciones políticas y con la complicidad ciudadana. Nuestra democracia es de apariencias y no de conductas y actitudes; de formas y no de hábitos; de distribución de cuotas y no de auténtica distribución del poder.

De las recientes reformas a nuestro marco jurídico, destaco las que yo considero son auténticas aberraciones:

1. Agregar como facultad del Ejecutivo hacer coaliciones de gobierno, con la posterior aprobación del Senado.

No se requiere que la ley lo prescriba para hacer este tipo de concertaciones presentes en todas las democracias. Por el contrario, deberíamos asimilar la experiencia que la realidad ha evidenciado en los patéticos resultados de las alianzas políticas. Los gobiernos de Oaxaca, Guerrero, Sinaloa y Puebla son claras manifestaciones de cómo los partidos han desdibujado su identidad. Menos por el choque de principios, pues desde el poder la capacidad de maniobra se reduce sustancialmente, que por el desbordamiento de ambiciones. Gobiernos ambivalentes caracterizados por conflictos internos y falta de respaldo de un partido fuerte al gobernante.

2. Es ingenuo creer que porque la Constitución le otorgue autonomía a ciertos organismos, éstos tendrán un desempeño independiente.

Desde el poder hay formas sutiles para dominar sin necesidad de la jerarquía jurídica, los ejemplos están a la vista. Por otra parte, el Congreso no ha logrado integrar los órganos colegiados con calidad y autoridad moral. Más bien se han partidizado estas instituciones que modifican sustancialmente la vieja teoría de la división de poderes.

3. A riesgo de ser un hereje, no coincido con la paridad de género.

Este tipo de medidas denominadas acciones afirmativas deben ser provisionales, subsidiarias y perentorias. Incorporarlas a nuestra ley fundamental implica una falla: hacer definitivo lo provisional. Suelen darse casos en que no se inscriben candidatos de géneros distintos y, para poder cubrir las cuotas, se obliga a declinar a quien fue electo en un debido proceso. Eso no puede ser calificado de democrático. Además, si una de las asignaturas pendientes es darle calidad a nuestras asambleas parlamentarias, con esta medida se corre el riesgo de deteriorar aun más el trabajo legislativo en el afán de dar una apariencia de equidad de género.

Ayer fue el aniversario de la promulgación de nuestra Constitución, mismo día en que se promulgó la de 1857, como bien lo explica el jurista Diego Valadés, cuando en realidad ambos constituyentes se inspiraron en filosofía políticas diferentes y encontradas: liberalismo y nacionalismo revolucionario. No tengo referencias de otras naciones con ceremonias similares. A mí me agradaría, más que celebrar la promulgación de nuestra Carta Magna, festejar algún día su observancia y cumplimiento cerrando la inmensa brecha entre nuestros textos y la realidad.

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