Se vale soñar

El sentir como propio el dolor ajeno es el sustento original de la organización de las sociedades.

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Juan José Rodríguez Prats 02/01/2014 00:00
Se vale soñar

No temáis a la grandeza; algunos nacen grandes, algunos logran grandeza, a algunos la grandeza les es impuesta y a otros la grandeza les queda grande.

Shakespeare

 

Ante las varias opciones para mi primera columna del año, pensé, como hacen muchos colegas, recomendar libros, hacer un repaso de lo acontecido en 2013 o hacer premoniciones. Optaré por hablar de nuestras falencias culturales, en el ánimo de que sean atenuadas en 2014.

Estoy convencido de que la sobrevivencia de la humanidad se debe a la compasión. El sentir como propio el dolor ajeno es el sustento original de la organización de las sociedades. No se entiende de otra manera la creación de instituciones que atan y cohesionan al organismo social.

Siendo ya posible medir casi todo, no es tan descabellado pensar en un método que mida el sentimiento de compasión de los pueblos y sus contrarios, la indolencia, la indiferencia, la frivolidad; el desprenderse de cualquier consideración respecto a lo que afecta a nuestros prójimos.

Creo que la sociedad mexicana tiene un déficit de compasión. Casi siempre permanecemos ajenos en asuntos en los que todos deberíamos involucrarnos. Con esta actitud no contribuimos a una mejor y armoniosa convivencia social.

Otro déficit señalado ya por los estudiosos de la mexicanidad radica en la tendencia obcecada a fugarnos de la realidad con la consecuente falta de respeto a la verdad. Conocemos los hechos y no nos preparamos para enfrentarlos o para modificarlos si no son de nuestro agrado. Ante conductas condenables, nos tornamos ajenos o no nos importa si quedan impunes.

La imparcialidad es la menos noble de las parcialidades. Hay que comprometerse, hay que asumir deberes y hay que tomar decisiones.

Tenemos una falla grave para aquilatar la valía de las virtudes. Es bastante común la tendencia pervertida a identificarlas con debilidades o flaquezas espirituales. Todo ello arroja un déficit de confianza.

En mis andanzas por la República detecto un notorio estado de ánimo languidecido, falta de seguridad inspirada en el miedo y una fuerte incertidumbre hacia el futuro.

México necesita combatir estas carencias. Desde luego, el asunto es cultural, pero también se requiere de un esfuerzo colectivo y de un buen liderazgo político. El reto recae, principalmente, en la clase dirigente, en particular, las organizaciones que aglutinan la voluntad ciudadana.

Todos coinciden en señalar el año que inicia como axial, definitorio, crucial en nuestro devenir histórico. Por eso el necesario llamado a la grandeza. Solamente se me ocurre una sugerencia muy práctica, aunque parezca una paradoja: estimular la lectura de la poesía. En mis constantes acercamientos con las nuevas generaciones me preocupa su desapego a la historia y a la poesía.

Las modernas técnicas de comunicación nos remiten a lo inmediato, nos debilitan la memoria, haciéndola depender de aparatos. Por eso me atrevo a reiterar lo ya dicho en otras ocasiones: saber dialogar con uno mismo. Lope de Vega lo expresa de bella manera: “A mis soledades voy / de mis soledades vengo / Porque para andar conmigo / me bastan mis pensamientos”.

Tenemos una inmensa riqueza en los poetas. Los líricos españoles del Siglo de las Luces vivieron obsesionados por el permanente análisis de uno mismo con el afán de superación, en el sustento de la mística como manifestación de creencias y siempre evitando el engaño. Los versos de Francisco de Quevedo bien pueden ser un propósito para el año que comienza: “Y al desengaño mando hacer un templo / Y mando, si el caudal a tanto alcanza / fundar un hospital de la esperanza”.

Con ese ánimo, con ese optimismo le deseo, estimado lector, toda clase de parabienes para usted y los suyos. Sobre todo, la fortaleza de ánimo para enfrentar lo que venga con la convicción de cumplir con el mínimo deber de cada generación: entregar a la próxima algo mejor a lo recibido de la anterior.

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