Inquieto

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Joselo 16/05/2014 00:01
Inquieto

En la prensa argentina, en una de las primeras notas que me hicieron sobre la publicación de mi libro Crocknicas de un Tacvbo, utilizaron el adjetivo de “inquieto” para referirse a mi persona. Un Tacvbo muy inquieto, decía el título. De ahí se inspiraron varios locutores en las radios que visitaba para llamarme así. No sé si me calza. Creo que no. Lo de inquieto le queda a personas que se mueven rápido de un lado para otro. Yo, por el contrario, me muevo despacio, como un oso: paso a paso, arrastrando a la supervivencia un cuerpo que está hecho para hibernar. Y hablo en sentido literal y figurado.

Leer y escuchar música, las dos actividades principales de las que me nutro para escribir, no necesitan mucho movimiento. Y luego sentarse a teclear en una compu requiere más paciencia que otra cosa.

Considero que el adjetivo de inquieto le queda más al vocalista de mi grupo, Rubén Albarrán, que lo veo moverse de un lado para otro, no sólo en el escenario sino en la vida diaria. Cuando creo que está en un lugar, en realidad se encuentra en otro. Muchos vocalistas, frontmans de bandas, son así, inquietos.

No le temo al cliché, así que asumo el papel que el universo me dio. Inquieto Jagger y no Richards; Plant y no Page; inquieto León y no Sergio; Leonardo y no Paco.

Así que cuando me junté en Buenos Aires para almorzar con Adrián Dárgelos, vocalista de Babasónicos, me quedó claro que él pertenece al club de los inquietos y yo no. Tendrían que habernos visto y escuchado aquellos periodistas para que les quedara claro de una vez. Todo en Dárgelos comunica actividad: llegó en bicicleta a la cita, la velocidad con la que come, su conversación, que va dando saltos de un tema a otro de una manera muy entretenida; su filosofía y gustos. Él mismo lo dice: no puedo estar haciendo lo mismo por mucho tiempo porque me aburro. Sin lugar a dudas esta afirmación es lo que define a las personas inquietas. Yo, por el contrario, me descubro haciendo lo mismo una y otra vez por mucho tiempo. Puedo comer el mismo menú todos los días sin aburrirme, genero rutinas ahí donde no puede haberlas, como en la gira, por ejemplo. Supongo que por eso puedo escribir y entregar mis textos a tiempo. No voy a mentir: escribir un cuento o una columna puede llegar a ser muy aburrido. Incluso, me lo dijo Adrián en otra ocasión cuando nos encontramos en Monterrey en el festival Pa’l Norte, “yo no puedo sentarme a escribir como tú lo haces, mi forma de crear es otra”.

No sólo a mí me extraña que Adrián Dárgelos no haya escrito un libro de cuentos o una novela, o publicado uno de poemas, género tan cercano a la canción, sobre todo porque es un gran lector y muy culto. Todo mundo asume que debe tener algunos textos por ahí, escondidos, que no han visto la luz jamás.

Siempre que nos vemos, a mi hermano Quique y a mí nos recomienda libros: ahora, junto con unas recopilaciones en CD del sello Geiser (buenísimos, por cierto) me regaló dos libros, Sol artificial (Paradiso 2009) y Los electrocutados (Alpha Decay 2011), firmados por J. P. Zooey, un escritor al que nadie conoce, una especie de Salinger sudamericano, quien es la gran revelación literaria de Argentina, quizá de todo Iberoamérica.

Adrián dice tener una buena relación con J. P. Zooey, pero que no lo conoce en persona. Se escriben por mail e incluso le ha conseguido libros cuando anda de gira, pero no se los entrega en las manos, se los deja en su buzón. Le gusta ese misterio, no conocer personalmente al autor de los textos que tanto admira.

Mientras lo escucho hablar de otro tema —sobre su idea de que los grupos de rock deberíamos regresar a esos tiempos en que los discos se grababan en un solo día— me quedo pensando si Adrián Dárgelos no será en realidad J. P. Zooey. Es poco probable que lo sea, pero, ¿por qué no?

Si resulta cierto y un día lo descubren, la prensa dirá: Dárgelos, un Babasónico muy inquieto. No dudo ni tantito que a él le queda más que a mí.

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