Camping

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Joselo 07/03/2014 00:00
Camping

Cuando era pequeño, yo no iba a una escuela como a la que ahora van mis hijas. La primaria oficial a la que asistimos mis hermanos y yo estaba a dos cuadras de la casa. Caminábamos juntos, solos, tomábamos clases y regresábamos a nuestro hogar para que mi madre nos diera de comer. Veíamos a mi padre en la tarde, casi en la noche. Me costaba hacer tarea, pero la hacía, no porque no le entendiera, es que prefería ver televisión todo el día. Mi mamá nos preguntaba si habíamos hecho los ejercicios de matemáticas que nos habían dejado o si había alguna investigación por el Día de la Independencia, por ejemplo, e íbamos juntos a la papelería a comprar una monografía.

No recuerdo que se les pidiera o exigiera a mis padres estar involucrados en las actividades de la escuela. No tengo memoria de asambleas o eventos en donde estuviera presente mi papá, y si mi mamá apareció en la escuela, fue por uno de los tantos bailables que había conmemorando el Día de la Madre.

Como les digo, la escuela a la que van mis hijas es muy distinta, tanto que hasta hay una actividad anual en donde varios grupos de preescolar y primaria salen de campamento padres e hijos y duermen a la intemperie, en casas de campaña, metidos en bolsas de dormir, prenden una fogata y asan bombones y tocan la guitarra. Nada más lejos de lo que yo experimenté en mi niñez.

Es por eso que durante dos años me negué a ir. Aun sabiendo que el dichoso campamento es igual de importante que lo que les enseñan en el aula, nomás no me daban ganas.

La primera vez no podía, andaba de gira (salvado por la campana, que le dicen); la segunda fui muy honesto con mi mujer y le dije que yo no estaba hecho para los campings, y se fueron sin mí. Pero la tercera, el año pasado, fue mi hija mayor, de siete años, quien me preguntó por qué no iba. En sus propias palabras me contó que otros papás iban gustosos, tenían casas de campaña enormes, lámparas de gas, todos los utensilios necesarios para pasar varias noches fuera de la comodidad de su casa, algunos hasta chaleco y sombrero de explorador tipo Indiana Jones. ¿Por qué no iba yo también?

Le expliqué que no me creía apto para esas situaciones, jamás había armado una casa de campaña, ni había dormido en un sleeping bag, ni había prendido una fogata. No sé, le dije que no me gustaba todo el evento. “Ah, pero ¿alguna vez has ido de camping?”, me preguntó. Nunca, contesté. “¿Y cómo sabes que no te gusta si nunca lo has hecho?”, me dijo enterrándome la estocada final en esta batalla.

Claro, la frase nos la había copiado a nosotros, sus papás, el argumento que siempre esgrimimos ante un nuevo platillo en la mesa, ante una fruta o verdura de aspecto extraño que sabemos muy saludable.

Así que ahí me ven entrándole con ganas, tratando de no hacer el oso ante mis hijas al tratar de levantar una casa de campaña, cargando mochilas llenas de mantas, platos, lámparas, repelente de mosquitos para pasar dos noches bajo las estrellas. Claro, el camping organizado por la escuela no es ahí nomás en cualquier cerro, sino en un parque diseñado para eso, un lugar seguro en donde además puedes disfrutar de la naturaleza: hay un riachuelo que baja a un río, cascadas y pozas donde meterse a nadar. Pero aun así, hay que hacer todo el numerito de la casa de campaña.

No me disgustó del todo. Poco a poco he ido cambiando con los años. Antes era una rata de ciudad, pero desde que ya no vivo en el Distrito Federal me he ido transformando. Me parezco cada vez más al oso que alguien, alguna vez, vio en mí y me lo puso de apodo.

Así que resultó que sí me gustaba, pero que nunca lo había probado. La frasecita esa da miedo. Te pone a evaluar todas tus creencias, todo lo que piensas que eres. Si realmente lo meditas a fondo, cosa que no muchos hacemos, te puede cambiar la vida. “¿Cómo sabes que no te gusta si nunca lo has probado?”.

Quienes viven su vida al límite parece que se lo están diciendo a sí mismos todo el tiempo, como un mantra, como si ese fuera el motor que guiara su vida.

Los que experimentan con drogas, con comida exótica, con deportes extremos, con diversidad sexual. Les encanta la frasecita.

Por lo que veo yo soy una persona muy aburrida. Nunca nadie me hizo esa pregunta ni me la hice a mi mismo. Yo la uso para intentar que mis hijas coman una comida que no han probado, y mi hija me retó con esa frase para ir de camping. La neta, ya no sé si soy un rockstar ¿No se suponía que los músicos de rock eran los menos fresas?

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