Las batallas

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Joselo 31/01/2014 00:40
Las batallas

Cada vez que me dan a firmar el libro de Las batallas en el desierto siento algo extraño. Es una mezcla de vergüenza y orgullo. Cómo pueden convivir en mí estos dos sentimientos es algo que debo explicar.

Parece que negarle el autógrafo a un fan de mi banda en un libro que yo no escribí es algo que no está a discusión. Lo intenté cuando comenzó a pasar. Les decía que quien debía firmarles el libro era José Emilio Pacheco, no yo. Pero el fan, o la fan, insistía. No importa, decían, firma.

Si ellos podían ponerse necios, yo también. No me iba a dejar ganar tan fácil. Así que contraatacaba: tampoco escribí yo la canción, la hizo Quique, mi hermano, el bajista. Si alguien debe firmar tu libro es la persona que compuso la rola. A lo que contestaban: “¿Y qué? ¿No eres tú también un tacvbo? ¿No tocas la guitarra en esa canción que me gusta?”. Así que firma aquí, en la primera página.

En ese momento, al poner mi rúbrica ahí en donde me señalaban con un dedo, abajito del nombre de José Emilio Pacheco, me daba vergüenza, sobre todo porque ya desde épocas tempranas de mi banda soñaba con algún día autografiar un libro propio.

OK, me aguantaba la pena para no quedar mal con el fan entusiasta. A continuación, el susodicho fan comenzaba a contarme cómo al principio no entendía la canción. ¿Quién es Carlos? ¿Quién Mariana? Poco a poco, a través de entrevistas que leía de nosotros o reseñas de nuestro primer disco, se enteraba que la rola está basada en una novela mexicana publicada a principios de los años 80. Y entonces nacía su interés por leerla. Algunos la encontraban en la biblioteca familiar, un hermano mayor ya la había leído o la mamá era una gran lectora y éste era uno de los tantos libros que abarrotaban el librero del pasillo de su casa. Otros fans fueron a comprarla. Algunos en la librería más cercana; otros en Donceles o en Palma, allá en el Centro, en donde hay muchas librerías de viejo.

Luego el fan, extendiéndose en su relato, me decía algo que cambiaba las cosas radicalmente: “Yo nunca había leído un libro, este es el primero”, comentaban como si cualquier cosa, mientras yo terminaba de poner mi autógrafo en un libro ajeno.

En ese momento me entraba el orgullo. Una canción de Café Tacvba había logrado lo que un sinnúmero de programas gubernamentales en pro de la lectura no habían podido, en donde campañas publicitarias, anuncios en radio y televisión habían fracasado. Lo que las maestras de primaria y secundaria soñaban en sus delirios más salvajes: que sus alumnos leyeran un libro sin que los tuvieran que amenazar con la pena máxima: reprobar año.

Yo no creo en los anuncios que incitan al público a leer. Y menos en ése donde salen tres futbolistas arrimados a un libro abierto poniendo cara de que está muy interesante lo que hay ahí. No sé quiénes son (perdonen mi ignorancia) y no sé si estos deportistas sean grandes lectores, pero dudo que alguien llegue a su casa y agarre un libro después de ver ese espectacular en el Periférico.

Aunque quién sabe; será que a mí no me gusta el futbol. Pero una canción sí me ha hecho leer un libro. Recuerdo que hace muuuuuuchos años, cuando salió aquella canción de La Unión, Lobo hombre en París, y me enteré de que estaba basada en un cuento de Boris Vian, hice todo lo posible por encontrar dicho libro y leerlo. O cuando escuché Anabel Lee, de Radio Futura, basada en un poema de Edgar Allan Poe. También me pasó cuando vi a Robert Smith en unas fotos leyendo un ejemplar de Lolita, de Nabokov, con una cara tan perversa, que me dieron unas ganas terribles de leer lo mismo que él (¡Claro! Esto es lo más cercano al anuncio de los futbolistas, así que retiro lo dicho).

Lamento no haber conocido al autor de Las Batallas en el desierto, a José Emilio Pacheco, que ahora que falleció me entero era una persona espectacular. No paro de leer anécdotas en donde él es el personaje principal.

Mi hermano Quique no escribió Las batallas para promover su novela más famosa. La escribió por el impacto que ésta tuvo en su vida, lo que le causó ver a Carlos hacer algo que él no se hubiese atrevido a hacer: declararle su amor a Mariana, la mamá de su mejor amigo.

No sé si la canción de Café Tacvba haya generado ventas extraordinarias del libro del autor que se nos adelantó. Pero me conformo con haber puesto mi grano de arena (tocar la guitarra) para dar a conocer a un autor que merece mucho la pena leer.

¡Feliz viaje, José Emilio Pacheco!

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