Política educativa y política escolar

Reformar la escuela es mejorar el aula, el maestro, el programa, el sistema, el temario y el calendario. Mejorar la educación es atender el sentido, la finalidad y el destino de la producción profesional. Lo primero, concedo que lo hemos atendido.

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José Elías Romero Apis 06/06/2014 01:40
Política educativa y política escolar

Hace algunos días participé en un panel sobre política educativa. Me invitaron la líder máxima de los académicos universitarios, Bertha Rodríguez Sámano y el presidente del Congreso de la Abogacía, Juan Carlos Sánchez Magallán. Allí tuve interlocución con Arturo Velázquez, de la SEP, y con Hugo Casanova, de la UNAM.

Yo no soy un especialista en esa materia, pero soy un observador de la política y he sido un eventual practicante de ella. Por eso, advertí inicialmente, que los políticos no necesariamente tenemos todas las respuestas, lo cual corresponde a los expertos, pero estamos obligados a tener todas las preguntas. La alta política y el buen político siempre se apegan al método cartesiano. Por el contrario, la política se degenera cuando cree tener todas las verdades y que no requiere consultar a nadie. Es cuando la política se vuelve dogmática, totalitaria, excluyente, intolerante y facciosa.  

Así, fue que me pregunté ¿por qué, en México, no teníamos una política educativa? Y, en consecuencia seguida si ¿deberíamos tenerla? Desde luego, no me refiero a este sexenio y gobierno sino a que no la hemos tenido durante ya varias décadas.

Porque una cosa es cambiar y mejorar las escuela y otra, muy distinta, es perfeccionar la educación. Reconozco que hemos trabajado en lo primero. Mejorar la escuela es un presupuesto ineludible para la mejoría de la educación. Pero no son lo mismo ni debemos confundirlo. Reformar la escuela es mejorar el aula, el maestro, el programa, el sistema, el temario y el calendario. Mejorar la educación es atender el sentido, la finalidad y el destino de la producción profesional. Lo primero, concedo que lo hemos atendido. La reciente Reforma Educativa, aunque positiva, es una mera reforma escolar. Pero la Reforma Educativa de fondo se nos ha quedado postergada.

No siempre ha sucedido así. En ciertas épocas México tuvo una verdadera política educativa, que era indispensable, y la cito como ejemplo de lo que estoy diciendo. La Revolución Mexicana cambió, además de a los hombres, sus estilos, sus perfiles, la economía, la política, la visión del Estado, la visión de la vida, la cultura y, por encima de todo cambió la educación como elemento fundamental del proyecto mexicano de nación. 

Previo al estallido revolucionario, México era prácticamente un país feudal biclasista. Por una parte, una pequeña clase gobernante y detentadora de la riqueza nacional, básicamente terrateniente y, por la otra, una gran masa campesina muy empobrecida y muy reducida a la servidumbre. 

Ciertamente había algún segmento poblacional, compuesto por pequeños propietarios, pequeños comerciantes y burócratas medianos que no eran ni ricos ni pobres, pero que tampoco formaban una clase social porque no eran distintos a unos o a otros. No eran, pues, una clase media. Recuérdese que la clase media no es una clase promedio, sino una clase diferente. No es un segmento tibio, sino un segmento distinto.

La formación de esa clase media, a base de la educación para el trabajo y con cultura universal, fue concebida como una responsabilidad atribuida al sistema educativo nacional y a la Universidad Nacional de México, más tarde Autónoma.

Así se formaron los profesionales mexicanos que se harían cargo del destino nacional durante todo el siglo XX, a efecto de que los mandos superiores de la nación no estuvieran en las manos exclusivas del capital ni del proletariado ni de la milicia ni del clero, sino de las clases medias civiles, formadas dentro del país y a cargo del país.

Esa fue una verdadera política educativa que respondía a un propósito nacional. Sin profesionistas no tendríamos clases medias y, sin éstas, no tendríamos cambio sustantivo. Baste decir que casi todos los profesionistas mexicanos formados entre 1920 y 1950 fueron los primeros profesionistas en la historia de sus familias. Es decir, antes de ellos México casi no tenía profesionistas.

Y, ahora me pregunto, ¿sabemos lo que queremos? ¿Cuántos médicos necesitamos tener dentro de 30 años? ¿Cuántos deberán especializar en huesos y cuántos expertos en genomas? ¿Qué vamos a hacer para que los que resulten excelentes no se vayan a los hospitales del extranjero? ¿A cuántos futuros profesionistas sobreproducidos arrojaremos a las filas de la desocupación y de la frustración? Y, ¿de qué tamaño será nuestro déficit en otras profesiones?

¿Debemos seguir teniendo lo que sea y en la cantidad que sea? ¿Debemos permitir que cada quién instale y opere una universidad cuando se le antoje? ¿Es bueno que, en este país, sea más fácil poner una universidad que una cantina y que ésta se encuentra sujeta a mayores controles y vigilancia que aquella?

Repito que soy político y tengo las preguntas, aunque no tenga las respuestas. Éstas no me corresponden a mí sino a los especialistas que atienden a nuestros gobernantes. Tan sólo cuidémonos de no contar con expertos que no tengan respuestas o de inventar políticos que no tengan preguntas.   

                *Abogado y político.

                Presidente de la Academia Nacional, A. C.

                w989298@prodigy.net.mx

                Twitter: @jeromeroapis

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