Los deseos prohibidos

Cierta noche soñé o creí soñar que me encontraba en una fiesta de fin de año. La muy clásica de nuestras costumbres. Con romeritos, bacalao, pavo, ponche... Estaban mis familiares y muchos de mis amigos. Lo único extraño es que nuestro anfitrión era, ni más ni menos, el Presidente de México

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José Elías Romero Apis 27/12/2013 00:28
Los deseos prohibidos

Ventura en el año 2014.

 

Hay que cumplir los rituales de nuestro descanso y permitir el de los otros. Apartarnos, aunque sea por unos días, de las reformas, de los plantones, de los bloqueos, de los crímenes, de los discursos, de los pactos, de las promesas, de los errores y de los embustes. Por eso, aprovechando que varios lectores me han solicitado que narre un sueño de Año Nuevo que tuve hace tiempo, es que lo vuelvo a platicar, dado que su actualidad no perece.

Será que la temporada festiva arrastra nuestra mente aunque ella se resista. Será que hemos vivido años de surrealismo donde el ensueño es una de nuestras pocas realidades. Será que aquélla fue una de esas noches que nos instala en esa región intermedia donde no distinguimos el sueño del insomnio y llegamos a confundir uno con otro.

Es el caso que cierta noche soñé o creí soñar que me encontraba en una fiesta de fin de año. La muy clásica de nuestras costumbres. Con romeritos, bacalao, pavo, ponche y hasta ensalada de betabel. Estaban mis familiares y muchos de mis amigos. Lo único extraño es que nuestro anfitrión era, ni más ni menos, el Presidente de México. Pero no el Presidente actual ni alguno del pasado. Era una extraña combinación de muchos de ellos. Una “campechaneada” mezcla de las cualidades que han tenido algunos de los que han tenido alguna virtud.

Lo más extraño fue que al momento del cambio de año, con el sonido de las 12 campanadas, el presidente-anfitrión devoraba cada uva mientras el resto de los invitados le deseábamos un parabién. Olvidaba decir que, en mi sueño, había una magia. Esos buenos deseos siempre se cumplían, para la fortuna de la nación. Venturoso sortilegio de mi ensoñación feliz.

Así, para comenzar, todos le desearon que tuviera el carisma y la aceptación que convirtió en leyenda a John F. Kennedy. Eso no será mucho, pero es un buen comienzo. Segundo, que seas tan obedecido, con el agrado de tu pueblo, como los chinos obedecieron a Chou En-lai. Tercero, que en todo momento difícil se te brinde la comprensión que le tuvieron al Mahatma  Gandhi. Cuarto, que alcances el respeto de tu pueblo como lo hizo Jawaharlal Nehru. Quinto, que los mexicanos te quieran tanto como quisieron a Adolfo  López Mateos. Sexto, que logres el éxito que casi siempre logró Nikita Kruschev.

Cuando llegamos a la media docena de regalos ya aquel hombre parecía un semidiós, pero no por adulación sino por equipamiento real. Carismático, obedecido, comprendido, respetado, amado y exitoso. Nada mal para un principio de año. Pero vino el segundo episodio, el cual prometía beneficios mayores.

Séptimo, que la victoria te acompañe como a Álvaro Obregón, ese “Aquiles mexicano” que nunca fue derrotado. Octavo, que ejerzas el liderazgo que supo desplegar Franklin D. Roosevelt. Noveno, que poseas la vista de Richard Nixon, para no perder detalle alguno. Décimo, que te proteja la visión de Winston Churchill para ver lo que viene, pero que aún no llega. Undécimo, que poseas la videncia de Plutarco Elías Calles, para ver lo que los demás no pueden ver. Duodécimo, que alcances la gloria de Charles de Gaulle, ese “mesías francés”, para llevarnos hasta donde no podríamos llegar solos.

Ahora, el anfitrión ya era, además, invencible, caudillo, visionario, vidente y glorioso.

Por eso, cuando enmudeció el reloj, se vació el uvero y se silenciaron los deseantes, el presidente de mi imaginación onírica ya era un verdadero dios. Oro, incienso y mirra hubieran sido poco regalo para tal majestad. Pero, entonces, vino un encore, en forma de prohibición. Tanta felicidad tenía una sola condición. El destino regalaría los 12 bienes solicitados, pero sólo uno de ellos en cada mes. El gobernante quedaba obligado a aplicar toda su inteligencia, toda su prudencia y toda su paciencia para escoger el preciso momento de aprovechar cada uno de ellos.

No gastar la gloria cuando lo que se requiriera fuera un simple éxito. No utilizar la videncia en un asunto de mera vista. No confundir la obediencia con el liderazgo ni el afecto con el carisma. No enmarañar el respeto con la victoria.

Cuando desperté, comprendí que el gobernante de mi sueño había sido un elegido para gozar de los grandes privilegios de los dioses. Tan sólo estaría obligado a aportar las pequeñas virtudes de los hombres. Tanta riqueza virtuosa puede inutilizarse por imprudencia, por impaciencia o por inconsciencia. 

Pasé a la ducha que es un buen espacio para la meditación y la reflexión. Nos deja en la desnudez que evita vanidades. Nos permite el aislamiento que evita inseguridades. Nos brinda la soledad que evita indiscreciones. Allí podemos abuchearnos e injuriarnos si pensamos alguna estupidez. Pero, también, podemos aplaudirnos y vitorearnos si logramos algo de nuestra lucidez. 

Al recibir las primeras gotas, pensé en todas las veces que dilapidamos nuestras fortunas, nuestras venturas y nuestras virtudes tan sólo por no saber para lo que sirven o el momento en qué utilizarlas.

                *Abogado y político

                w989298@prodigy.net.mx

                Twitter: @jeromeroapis

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