'Bullying' e histeria

Desde cualquier ángulo es un problema complejo, en el que no caben soluciones mágicas ni de corto plazo por tratarse de una conducta moral que reproduce valores y costumbres del contexto, incluso la violencia del medio

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José Buendía Hegewisch 08/06/2014 00:43
'Bullying' e histeria

Las impetuosas respuestas a tragedias por Bullying son un buen ejemplo de la forma en que, con regularidad, reacciona la autoridad. Cuando alcanzan grado de conmoción en la opinión pública, se desempolvan con urgencia leyes que dormían en  el “sueño de los justos” en los congresos, federal y locales, o bien salen casi de la “chistera” nuevas iniciativas para atacar, ahora sí, el problema; o cobran inusual celeridad  anuncios de políticas públicas y regulaciones gubernamentales que podrían llevar años en negociación, como por ejemplo los protocolos de los marcos de convivencia para las escuelas de las autoridades educativas federales casi paralizados desde 2011 por diferencias con estados.

Nadie duda de la importancia de que situaciones dramáticas como la muerte del niño Héctor Alejandro Méndez —tras sufrir una golpiza de sus compañeros en una escuela de Tamaulipas—, o en 2013 de Jonathan Ortiz Ávalos en Guadalajara —a quien le habían sumergido la cabeza en un excusado—, suban el bullying a la agenda pública. El problema es que llegan, una y otra vez, cuando sobrepasen y sorprendan a la autoridad, que entonces ajusta su conducta al viejo refrán del “ahogado el niño, a tapar el pozo”.

Por lo general, la respuesta de los gobiernos es  reactiva y la motivación mediática. Si el asunto prende en la prensa, las provisiones gubernamentales se disuelven en la coyuntura. Por eso con frecuencia la agenda pública es sustraída por posiciones reactivas, y en algunos casos, hasta histéricas ante la necesidad oficial de acallar el ruido en los medios.

Otra de sus respuestas habituales, también presente en estos casos,  es contrarrestar las críticas con un impresionante catálogo de acciones, muchas veces impracticables como muestra el paso del tiempo hasta que irrumpe una nueva tragedia. Por ejemplo, la nueva alarma se tradujo en el anuncio del gobierno federal de cinco ejes de acción para coordinar con los estados acciones para prevenir el bullying, aún cuando dice haberlo enfrentado desde el inicio del sexenio con más de 547 acciones en los polígonos más violentos del país a través del Programa Nacional de Prevención de la Violencia y la Delincuencia.

También se ha vuelto un lugar común lanzar programas de prevención o culpar a las deficiencias educativas de un problema colectivo, como es el bullying, para hacer un “control de daños” ante la opinión pública. A nadie escapa que es un problema colectivo, que no se circunscribe sólo a la escuela y pueda resolverse con tiros al aire de escopeta ni con mensajes poco creíbles a la galería.

Sin dejar de ver la importancia que tiene la opinión para un gobierno, en efecto cabe dudar de la efectividad de esas respuestas, tanto como de su efecto duradero en la percepción ciudadana. Primero por la mayor exigencia de resultados concretos más que de reacciones rápidas e improvisadas; y segundo, porque grandes medidas de prevención, tan abarcadoras como generales, se reciben como otro anuncio más que no atiende las necesidades de los  estudiantes. Por ejemplo, Méxicanos Primero criticó el plan de acción de 15 puntos que anunció la SEP tras avivarse el debate por la muerte de Héctor Alejandro Méndez por considerarlo general y, por tanto, de dudosa aplicación a contextos específicos.

¿Las regulaciones atienden  las necesidades de los menores? Uno de los estados donde hay ley antibullying es Tamaulipas y es también uno de los de mayor incidencia del fenómeno. La vía judicial como el amparo que recibió un menor en el DF para recibir protección dentro de la escuela parece también difícil de aplicar si se extendiera entre las  225 mil escuelas que hay. Y los protocolos para salvaguardar la integridad de los niños en la escuela son necesarios, aunque hay que evitar que la excesiva regulación erosione la confianza en el aula como activo básico en el proceso de enseñanza, han advertido especialistas como Manuel Gil Antón. En las escuelas crece la desconfianza y el temor a mantener el orden y la disciplina en el aula, o simplemente asistir a los alumnos.

Para otros la respuesta basada en la prevención es insuficiente porque se necesita  construir contextos adecuados para transformar el conflicto, y no sólo evitarlo, como sostienen Francisco Zataráin. Pero desde cualquier ángulo es un problema complejo,  en el que no caben soluciones mágicas ni de corto plazo por tratarse de una conducta moral que reproduce valores y costumbres del contexto, incluso la violencia del medio. Por ello la autoridad debe tomarlo en serio, en vez de enfocarse en tratar sólo de salir rápido del paso.

                *Analista político

                jbuendiah@gimm.com.mx

                Twitter: @jbuendiah

 

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