¿El futuro depende del Congreso?

El primero de febrero arrancó el segundo periodo y el martes la primera sesión para abordar una extensísima agenda de reformas que, si se mira con cuidado, estaría destinada a cambiar pactos sustantivos del funcionamiento del Estado, de las políticas económicas y sociales...

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José Buendía Hegewisch 02/02/2014 01:02
¿El futuro depende del Congreso?

El gobierno y las dirigencias partidistas han puesto el futuro próximo en la espalda del Congreso. Un Legislativo con baja credibilidad y confianza, opaco y alejado de la ciudadanía, tiene ahora a cuestas una tarea que difícilmente podrá cumplir: una relevante reingeniería de instituciones básicas. El primero de febrero arrancó el segundo periodo y el martes la primera sesión para abordar una extensísima agenda de reformas que, si se mira con cuidado, estaría destinada a cambiar pactos sustantivos del funcionamiento del Estado, de las políticas económicas y sociales, y hasta la manera de operar politizada, selectiva e ineficaz de la justicia.

La feria de reformas constitucionales de 2013 por fin llega, para muchos, a su fase decisiva para desatorar, como se dice, una transformación  estructural que se acaricia como “varita mágica” que desentierre el crecimiento. El Pacto, como reconoció el presidente Peña Nieto en la  promulgación de la Reforma Política, permitió que en los últimos 16 meses se realizarán 16 reformas constitucionales, casi una por mes en el primer año de la legislatura; 12 de ellas en el año y que trastocan cuatro decenas de artículos; al menos ocho amplias reformas en sectores estratégicos, como el energético, la apertura a la competencia del sector protegido de las Telecomunicaciones, la forma de repartir la carga tributaria y revertir la caída de la contribución, y hasta una “revolución educativa” que no acaba de cuajar, aunque tiene la legislación secundaria para operar.

No es menor la profundidad de las reformas al IFE e instituciones estatales  encargadas de garantizar la distribución electoral del poder local y que, como ha sucedido con otras, trastocan el federalismo. Ahí está también el réquiem para la vieja institución de la reelección de alcaldes y legisladores, como parte de la Reforma Política, o la transformación de la PGR. También está la financiera, que toca decenas de leyes, por no hablar de otros retos mayúsculos, como la pensión universal o el seguro de desempleo, o la de trasparencia y anticorrupción, que quedó pendiente junto con la del cambio al régimen político del DF.

Si uno de los grandes vicios ha sido pensar que el país se inventa cada sexenio, más irreal creer posible cambiar el  régimen en una legislatura, menos en un periodo de sesiones. Nadie duda de lo positivo de destrabar una maquinaria institucional enmohecida por la inercia del desacuerdo político, pero es insuficiente para garantizar las reformas si se sobrecarga la agenda, sin priorizar los cambios en una ruta crítica y con un pacto político que sirva como hilo conductor que los articule.

No está en duda que, como quiere el PRI, puedan aprobarse casi 100 reformas legales en este periodo. Tampoco que se hagan ya sin el Pacto con los otros dos grandes partidos, pues cuenta con 251 votos en la Cámara con el Verde y el Panal, la nueva alianza que —como se vio en la presentación de la Reforma Política— es ahora el “núcleo duro” del reformismo presidencial, aunque no puede sustituir el amplio consenso de aquel. En el Senado sólo le faltan tres votos para alcanzar la mayoría con esos aliados.  Ante ello, a la oposición le queda regresar a la política de la confrontación o apostar a las propuestas en el debate para incidir en los cambios.

El Pacto, en efecto, sirvió como espacio de negociación política para construir un acuerdo sobre una lista de casi 100 trasformaciones legislativas y, cuando faltó el consenso, allanar el intercambio de reformas entre las dirigencias partidistas, como sucedió en la energética con el PAN y en la hacendaria con el PRD. Pero la suma de reformas no implica que cada una esté engarzada en una visión de conjunto. Esto es, que los cambios tengan una dirección clara dentro de un rumbo para el país.

Aunque el Congreso le entra al maratón legislativo, la calidad del trabajo y la exigencia de coherencia de los cambios es una tarea que parece sobrepasarlo. En menos de 30 sesiones se pueden aprobar hasta 100 leyes (3 por jornada), con la aplanadora del PRI, Verde y Panal. Pero nada hace esperar que esta nueva alianza tenga una agenda común y un sentido compartido de los cambios, más allá de la repartición de poder.

Al gobierno le urge decir al mundo, como vimos en Davos, que la tarea de las reformas estructurales está concluida, con la esperanza de recibir inversión y detonar crecimiento. Pero sería miope creer que ese, como objetivo central, pueda servir como le horizonte de los cambios.

                *Analista político

                Twitter: @jbuendiah

                jbuendiah@gmail.com

 

 

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