Un torbellino llamado Francisco

El Papa jesuita, llegado de Argentina, cambió toda la visión de lo que se puede y debe decir y hacer desde el Vaticano.

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Jorge Fernández Menéndez 29/05/2014 04:00
Un torbellino llamado Francisco

Durante todos los años de papado de Juan Pablo II no se avanzó en ninguna de las miles de denuncias sobre abusos sexuales de sacerdotes en México o en el mundo. Marcial Maciel, el principal acusado, aunque no el único, atacó e hizo atacar a sus acusadores, ya fueran sus víctimas o los comunicadores que difundieron esa información. Hoy sabemos que todo aquello era verdad, y que el fantasma de la pederastia en la Iglesia había recorrido México, pero también Estados Unidos, Alemania, Italia y otros países.

Pero en los tristes años finales de Juan Pablo II, con un Papa enfermo y aferrado a atisbos de consciencia, convencido de que los secretos de la Iglesia debían quedarse dentro de ella, nada se divulgó, nada se avanzó, más allá de la decisión, ante lo evidente y la lluvia de denuncias que llegaban desde distintos países, de establecer una sanción religiosa para Maciel y otros prelados. Esa historia se ha dicho muchas veces; ha ensombrecido todo el periodo de Juan Pablo II e incluso cuestionó su reciente santificación.

Cuando Benedicto XVI asumió el papado sí comenzó a actuar y se fueron separando sacerdotes, se implementaron castigos, algunos clérigos fueron denunciados ante las autoridades, pero la mayoría siguió siendo de una forma u otra, incluso en su castigo, cobijada por la Iglesia. Se intervino a los Legionarios de Cristo y también varias diócesis, sobre todo en Irlanda y Estados Unidos. Pero lo ocurrido en ese y en otros ámbitos desde la llegada de Francisco al Vaticano no tiene comparación con nada de lo que ha hecho la Iglesia católica en el último siglo.

Pío XI fue un papa marcado por el anticomunismo. Pio XII también, aunado a su desprecio por los judíos y sus simpatías con el nazismo; Juan XXIII, en cambio, fue un papa notable, que se atrevió a avanzar en aspectos trascendentales y cuyo mayor aporte fue el Concilio Vaticano II, que logró dar una vuelta de tuerca a la Iglesia. Lo sucedió un gran intelectual, Pablo VI, que trató de darle continuidad al cambio propuesto por Juan XXIII, pero no pudo avanzar como pretendía: fue derrotado por la inercia de la burocracia vaticana y los sectores tradicionalistas. Juan Pablo I, que también quiso dar un giro más audaz aún, sobre todo en los temas del dinero y la corrupción, murió de forma misteriosa apenas un mes después de haber asumido su cargo.

Lo siguió el largo papado, un cuarto de siglo, de Juan Pablo II: fue un político notable y tuvo una participación imposible de ocultar en eventos mundiales tan trascendentes como la caída del campo socialista. Tuvo una enorme capacidad de comunicación con la gente y logró reactivar la fe en muchos ámbitos. Fue un Papa de multitudes, pero exageradamente tradicionalista y conservador, que no sólo no avanzó en la transformación de la Iglesia planteada en el Concilio Vaticano II, sino que la hizo regresar en muchos sentidos. El resultado fue una Iglesia muy poderosa en el terreno político, con un Papa mediático, en la primera mitad de su papado, pero que perdía fieles en todo el mundo.

Ratzinger, que era un notable teólogo, como Benedicto XVI fue consciente de todo el proceso de decadencia de los últimos años de Juan Pablo II, y preparó el escenario para un cambio, pero sabía que ni por personalidad ni por fortaleza personal podía encararlo. Y fue así como llegó Francisco, un papa jesuita y llegado de Argentina que cambió toda la visión de lo que se puede y debe decir y hacer desde el Vaticano. En un mundo ayuno de grandes liderazgos y mucho más de sorpresas positivas, que Francisco hable de las mujeres en la Iglesia, de los gays, del derecho de los divorciados; que esté abierto al debate sobre el celibato de los sacerdotes; que haya cambiado casi por completo la Curia e intervenido las finanzas vaticanas; que exponga públicamente los casos de pederastia, los castigue y condene en forma tan pública y contundente; que llame a una reunión en el Vaticano a sus víctimas (que sufrieron la doble victimización de ser ignorados y en algunos casos difamados por denunciar esos hechos), es tan notable como que se haya sacado de la manga un encuentro con Shimon Peres y Mahmud Abbas en el Vaticano para dentro de un mes o que hable de la desigualdad económica castigando sin cortapisas a los especuladores financieros, mientras le echa porras a su equipo de futbol favorito o comparte una comida con un rabino amigo en Jerusalén. Y todo eso en menos de un año.

Ser católico, como de cualquier otra religión, es un acto de fe en Dios. Pero confiar en que las cosas pueden y deben cambiar para ponerse a tono con la historia y el futuro, basándose en la tolerancia y el sentido común, es un acto de fe en las posibilidades de los hombres y mujeres. Y ese creo que es el principal aporte que hace hoy Francisco, para creyentes y no creyentes, aireando y dando esperanzas a muchos que la habían perdido.

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