¿Valen la pena tradiciones negativas?

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Jesús Sesma Suárez 19/06/2014 00:00
¿Valen la pena tradiciones negativas?

Una tradición no necesariamente implica beneficios presentes o futuros para un determinado grupo social. La historia ha dado cuenta de varias etapas oscuras de la humanidad en las que se han cometido las peores atrocidades en defensa de la permanencia de tradiciones, como el hecho de haber podido considerar a las personas de origen africano como esclavos o a las personas que no tenían un origen grecorromano como “bárbaros”; también la mutilación de genitales por el simple hecho de ser mujer o matar a seres humanos como ofrenda a los dioses.

Recuerdo también la época en que se tenía la tradición de considerar inferior de manera generalizada al género femenino o la de utilizar a las personas o animales que desafortunadamente tenían alguna malformación o discapacidad para exhibirlos como parte de espectáculos públicos y, más recientemente, qué decir de la venta o intercambio de niñas (o niños) a cambio de animales o fiestas, o bien, del sacrificio de animales no humanos por creencias religiosas.

¿Quién en su sano juicio puede pensar que esas tradiciones, por más añejas y arraigadas en un pueblo, pueden ser consideradas como buenas o dignas de conservarse?

Todas esas tradiciones permanecieron vigentes durante siglos, pero hoy son consideradas como negativas y la necesidad de superarlas es un hecho innegable y generalizado. Eso es precisamente lo que está ocurriendo con la utilización de los animales no humanos en distintas actividades “recreativas”, tales como las corridas de toros o las peleas de gallos, los rodeos, los delfinarios o los circos, sólo por mencionar algunos.

La prohibición de utilizar animales no humanos en espectáculos es un requisito indispensable para que la sociedad pueda seguir avanzando hacia su propio bienestar. En ese sentido —hace apenas unos días—, dimos un paso importantísimo en la Ciudad de México al lograr que en la Ley de Protección a los Animales y en la Ley para la Celebración de Espectáculos Públicos se estableciera claramente dicha prohibición en el caso de los circos. Cabe aclarar que nunca se ha planteado el decomisarles sus animales, sino simplemente que no puedan utilizarlos cuando se encuentren en el DF.

Para ello tomamos en cuenta que las autoridades de nuestro país han podido constatar que el maltrato hacia los animales en estos espectáculos es una realidad, por lo que ha dado cuenta de ello y de una serie de graves irregularidades en tres de cada cuatro circos que ha visitado, tales como el no acreditar la legal procedencia de los animales o no contar con planes autorizados para su manejo, por lo que se les ha sancionado y asegurado a los animales. Toda esta terrible realidad se ha presentado tan sólo en los menos de 200 circos que tienen registrados dichas autoridades, cuando los empresarios circenses han afirmado que en realidad existen alrededor de 500.

Ante todo ello no cabe la menor duda de que tanto en la ciudad, nuestro país y el mundo entero se debe continuar impulsando la prohibición (no la regulación) de entretener y divertir a la gente con animales, ya que ellos también tienen derechos. El que maltrata animales no debe tener la oportunidad de tenerlos en propiedad o custodia, tal como ocurre con otras actividades ilícitas. ¿O acaso al que maltrata niños o mujeres o discapacitados o ancianos se les debe regular en lugar de prohibir? La respuesta es más que obvia.

Los circos no siempre han utilizado el adiestramiento de animales como su atracción principal. Desde la antigua China, la clásica Grecia, la Edad Media y el Renacimiento hasta la época moderna, el circo ha sobrevivido precisamente por la adaptación que en cada etapa de la historia ha tenido y esta nueva era no tiene porque ser la excepción.

                *Coordinador del Partido Verde en la ALDF

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