Transición democrática

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Javier Aparicio 29/03/2014 01:50
Transición democrática

Adolfo Suárez, primer ministro español entre 1976 y 1981, falleció el sábado pasado a los 81 años de edad. Vale la pena repasar lo ocurrido en aquellos años: poco después de la muerte de Francisco Franco en noviembre de 1975, el rey Juan Carlos nombró a Suárez como primer ministro el 4 de julio de 1976. En un primer momento, su designación no preocupó demasiado a los franquistas. Después de todo, aquel joven y poco conocido primer ministro era uno de los suyos. Las sorpresas comenzaron cuando éste anunció que buscaría que “los gobiernos del futuro sean resultado de la libre voluntad de la mayoría de los españoles”.

Desde 1936 España no había tenido elecciones generales. El 15 de junio de 1977, el partido de Suárez obtuvo 34.4% de los votos y con ello se volvió el primer ministro elegido democráticamente después de 36 años de franquismo. Tras aquellas elecciones, el 31 de octubre de 1978, el Congreso español aprobó una nueva constitución, misma que sería ratificada por referéndum el 6 de diciembre.

Las cosas se le complicaron rápidamente y Suárez ofreció su renuncia al cargo el 29 de enero de 1981: “No quiero que el sistema democrático de convivencia sea, una vez más, un paréntesis en la historia de España”, dijo entonces. El 23 de febrero de ese mismo año, Suárez sobrevivió una asonada golpista en el Congreso de los Diputados. Esos fueron los tiempos que le tocaron vivir y por los cuales hoy se le reconoce como uno de los actores principales de la llamada transición democrática española. Hasta aquí con las fechas clave.

El modelo español es un caso emblemático de una “transición pactada” hacia la democracia. ¿Qué lecciones arroja este caso? Según Josep Colomer, experto en la materia, la exigencia por democratizar un régimen autoritario puede provenir de distintos ámbitos —una concesión o fractura “desde arriba” o bien un reclamo popular “desde abajo”—, pero en todo caso, los detalles finos de la negociación responden a las estrategias de actores clave: los políticos en el poder, los políticos fuera del poder y otras élites.

¿Cuándo inicia una transición de este tipo? En algún momento en que los líderes autoritarios ya no pueden gobernar como antes y los líderes de oposición no pueden llegar al poder aún. No es nada fácil pronosticar el buen éxito de una transición, pero una cosa es cierta: a menudo, el temor a una confrontación violenta induce más al diálogo que a un choque frontal entre los actores clave.

En el caso español, una primera negociación ocurrió al interior del franquismo, entre los duros y los blandos. Había que convencerlos de la conveniencia de convocar a elecciones. El resultado no estaría libre de incertidumbre, pero si ellos mismos diseñaban las reglas, era poco probable que perdieran.

Una segunda etapa de negociación consistió en convencer a la oposición y a la sociedad en general de participar en las elecciones: después de todo, las elecciones abrían la posibilidad, aunque no la certeza, de ganar algún espacio de poder y/o representación.

Visto en perspectiva, las negociaciones más exitosas ocurren entre los líderes moderados de ambos bandos, y no entre los duros o los radicales. Estas negociaciones requieren, además, que los actores cuenten con un horizonte de largo plazo, es decir, que no busquen sólo maximizar sus ganancias de corto plazo. Las reglas y procedimientos de una “nueva democracia” requieren ser claras y aceptables para la mayoría de los actores, aunque el resultado mismo de una elección y la siguiente sea incierto. Las consecuencias de largo plazo de algunas de estas reglas no son del todo previsibles. En el caso español, el sistema electoral impuesto por decreto en aquellos años fue clave para el éxito de la transición, pero, años después, ha producido un régimen parlamentario extraño: la sobrerrepresentación implícita en el sistema electoral ha producido un sistema prácticamente bipartidista, poco plural y flexible. Justamente porque las instituciones importan, los líderes que las diseñan y negocian, también.

                Twitter: @javieraparicio

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