Buenos contra malos

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Javier Aparicio 25/01/2014 01:44
Buenos contra malos

De manera natural, los seres humanos tendemos a confiar en lo conocido, lo similar o en quienes piensan o actúan como nosotros, y desconfiamos de lo desconocido o en quienes piensan o actúan distinto a nosotros. Tendemos a ver el mundo en términos de aliados y enemigos, es decir, de buenos contra malos. Quizás esta no sea una mala idea para la convivencia familiar o de grupos pequeños, pero es una pésima forma de analizar los problemas políticos o sociales. Por desgracia, muchos comentaristas y medios caen en la trampa, quizás en parte porque es sencillo hacerlo, quizás en parte porque a muchos nos gusta consumir historias de buenos contra malos. Van tres ejemplos al vuelo.

Un primer ejemplo es la transición democrática. Durante nuestro pasado autoritario, los priistas eran malos, abusivos o corruptos, mientras que los opositores de izquierda o derecha tenían que ser “los buenos”. Cuando los panistas conquistaron la Presidencia en 2000, todo debería cambiar para bien, puesto que finalmente habían llegado al poder “los buenos”.

Doce años después, cada vez son más frecuentes los escándalos de corrupción al interior de las filas del panismo. Muchos dicen haberse desencantado con la democracia porque este país no cambió cuando llegaron “los buenos”. Otros tantos dijeron que el regreso del PRI a la presidencia en 2012 era una regresión democrática puesto que “los malos” habían vuelto al poder.

Todo un melodrama. Pero hay una forma más simple de ver las cosas: por bien intencionados que sean, una vez que lleguen al poder, la mayoría de los políticos abusarán del mismo si no hay castigos y mecanismos de control que los limiten. Los políticos son seres humanos, pues.

Un segundo ejemplo es el federalismo. Durante décadas, el excesivo poder del Presidente, el malo de esta película, abusaba frente a los incipientes esfuerzos democratizadores a nivel local, los buenos. Así las cosas, la transición democrática tuvo que pasar primero por presidencias municipales y gubernaturas antes de poder “sacar al PRI de Los Pinos”. 

Años después, muchos sospechan de una creciente corrupción y discrecionalidad por parte de los gobiernos locales. Otros sospechan de una complicidad entre gobiernos locales y el crimen organizado. Bajo esta perspectiva, hoy el poder local es malo o sospechoso y se presume que hace falta volver a concentrar el poder en el gobierno federal para resolver problemas locales. ¿Pero quién nos garantiza que un gobierno federal fortalecido no cometerá los abusos que tanto se combatieron por décadas?

Un tercero y último ejemplo es la narrativa de lo que ha ocurrido en Michoacán en años recientes. En un primer acto, Los Zetas eran “los malos” y La familia michoacana era una “buena organización” (crimen organizado con base social”, dijeron algunos expertos) porque ayudó a expulsar a Los Zetas. En un segundo acto, La familia michoacana, transformada ahora en Caballeros Templarios, se volvió abusiva y mala. Frente a esta nueva amenaza, los grupos de autodefensa son “los nuevos buenos” (cuando dentro de sus filas hay tanto miembros como víctimas de todos los grupos anteriores). Por un lado, no debe sorprender que algunos simpaticen con las autodefensas cuando los diferentes niveles de gobierno han fallado tanto en cumplir su función más elemental de proveer seguridad. Por otro lado, nadie nos garantiza que, de ser exitosos, los grupos de autodefensa acaben cometiendo abusos similares a los de los Templarios o Zetas.

¿Qué hacer? Dejar de ver a la política como un problema de buenos contra malos (o esperar sentados a que lleguen los buenos gobernantes) y mejor intentar comprenderla como un problema de humanos gobernando a humanos. Como sugirió James Madison: si todos fuéramos ángeles, no sería necesario tener un gobierno. Y si los ángeles pudieran gobernarnos, tampoco sería necesario controlar y limitar al gobierno. Pero, por desgracia, no somos ángeles.

                Twitter: @javieraparicio

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