Anarquía

COMPARTIR 
Javier Aparicio 18/01/2014 01:01
Anarquía

La más reciente escalada de violencia en el estado de Michoacán ha traído de vuelta a la palestra mediática no sólo la terrible realidad del crimen e inseguridad que se padece en diferentes regiones del país, sino cuestiones más fundamentales como la urgencia de que el Estado mexicano cumpla con sus funciones básicas.

Es muy fácil perderse en los matorrales de la cuestión. Para algunos, lo más importante es deslindar responsabilidades entre los gobiernos panistas del pasado y la actual administración federal; para otros, lo más importante es hacer lo propio entre los gobiernos estatales perredistas y la muy accidentada gestión del hoy gobernador Fausto Vallejo.

En efecto, el arreglo federal y la alternancia partidista no parecen haber ayudado mucho a mejorar las cosas, pero lo que observamos en Michoacán es un síntoma de un problema más fundamental: el grave deterioro de la capacidad del Estado mexicano por cumplir con sus funciones más elementales, tales como proteger la seguridad, derechos y libertades de la población.

Para que cualquier sociedad prospere, debe haber cierto nivel mínimo de orden y seguridad. Pero, ¿quién debe proveerlos? El orden político puede tener una base consensual, tal como la que esperamos de Estado de derecho democrático. Sin embargo, el orden político también puede ser provisto de manera despótica o autoritaria. El primero depende en gran medida de la cooperación social, el segundo de la coerción. Gran parte de la historia del mundo consiste en la lenta transición de regímenes autoritarios, pero duraderos y estables, hacia regímenes más democráticos y consensuales, pero relativamente frágiles.

Tanto para el gobierno como para la sociedad es más fácil lidiar con el crimen organizado que con el crimen desorganizado. Veamos por qué. Imaginemos una sociedad sin orden y seguridad. Algunos miembros decidirán dedicarse a actividades productivas. Otros más quizá decidirán dedicarse a robar y especializarse en ello. En un contexto de inseguridad, la sociedad destina más recursos a protegerse, menos a producir y la sociedad empobrece. Pero en ese mismo contexto, surgirá una demanda por servicios de protección y algunos querrán dedicarse a proveer orden y seguridad a cambio de una retribución.

Por desgracia, cuando muchos grupos deciden dedicarse a robar y otros tantos a proveer protección, la sociedad puede empobrecer aún más. La competencia entre bandoleros y defensores también es socialmente costosa y, a la larga, será muy difícil distinguir entre el robo de unos y la extorsión de otros.

Puesto a elegir entre un mundo en que muchos le roban o extorsionan a cambio de protección, y otro en el que un solo actor se comprometa de modo creíble a proveer orden y seguridad a cambio de un pago estable, es probable que un ciudadano común y corriente elija el segundo. Ese proveedor puede ser el Estado y ese pago son los impuestos. Esta simple lógica puede bastar para confiar el “monopolio del uso de la fuerza” al Estado. 

En ausencia del Estado, el orden y la seguridad pueden ser provistos tanto por un grupo de sicarios como por un grupo de autodefensas pero, a la larga, aquellos serán imprevisibles y abusivos al no contar con los límites y mecanismos de control que impone un Estado de derecho.

Hoy por hoy, es difícil saber si el estado tiene la capacidad de derrotar al crimen organizado. Lo cierto es que el crimen desorganizado, con liderazgos e intereses múltiples, es un enemigo más complejo de enfrentar.

Ante la ausencia, captura o fracaso del Estado en proveer orden y seguridad mínimas en cada vez más regiones, es comprensible que emerjan grupos de autodefensa o policías comunitarias. En el mejor de los casos, al estar fragmentados y contar con recursos escasos, estos grupos no podrán tener mejor suerte que el Estado. Y en el peor de los casos, será cada vez más difícil dilucidar entre grupos criminales y no criminales. Urge reconstruir dos monopolios: el del uso de la fuerza y el del imperio de la ley.

                Twitter: @javieraparicio

Comparte esta entrada

Comentarios