¡A festejar, mujeres!

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Ivonne Melgar 08/03/2014 03:24
¡A festejar, mujeres!

Con besos y abrazos para mi madre bella, Candelaria Navas, porque sabe y disfruta del encanto de estas batallas.

 

La instrucción de la igualdad a secas tenía que venir desde arriba, en una sociedad donde el machismo es tal que incluso varones prominentes, cultos, dispuestos al entendimiento y preocupados por la democracia aseguran, de manera auténtica, que eso de las cuotas no se vale.

Sí, la equidad sin contemplaciones debía decretarse desde Los Pinos, establecerse en ley con la bendición del poder presidencial en un país donde hasta los hombres más letrados se niegan a reconocer que vivimos bajo un techo de cristal, esa limitación invisible que explica por qué a las mujeres nos cuesta más ser reconocidas y visualizadas por el mismo desempeño o con los mismos atributos que en los hombres son pase automáticos al éxito.

Nada más bochornoso que escucharlos asombrarse por esa equidad que, alegan, sólo debería darse entre los capaces y nunca entre los géneros. Nada más descorazonador que oírlos hablar de democracia, justicia, modernidad y observar cuánto les cuesta predicar con el ejemplo, porque consideran como “natural” la existencia de espacios, organigramas, estructuras, cúpulas, donde las mujeres nunca entran.

Es común escuchar cómo se lamentan de las acciones afirmativas a favor de la población femenina. Las consideran un exceso. Y esa es la parte culturalmente más dolorosa de esta larga e interminable lucha por la igualdad: la creencia —porque sólo es eso— de que ya vivimos en una sociedad con piso  parejo y que los males de la discriminación y la violencia, por condiciones de género, encuentran explicación en la mala conducta personal de las mujeres. 

Frente a esa tendencia, de la que no escapan empresarios, intelectuales y políticos, el gobierno federal hizo suyo el tema, empujado por priistas, panistas, perredistas, académicas y feministas, en diversas propuestas acumuladas desde hace dos décadas.

Y para sorpresa de propios y extraños, el anuncio fue asumido por el presidente Enrique Peña. ¿Labor de convencimiento de la presidenta del Instituto Nacional de las Mujeres, Lorena Cruz Sánchez, quien trabajó con él en ese tema cuando fue gobernador del Estado de México? ¿Sensibilidad personal con el tema? ¿Recomendación de asesores de cómo sortear los escollos del descenso de la popularidad cuando la economía no mejora? ¿Talento político para capitalizar los cambios que inevitablemente llegarán?

El porqué no está claro. Y a estas alturas, ya no importa. Lo que resulta innegable es la relevancia social y política que tendrá ya, en 2015, la determinación presidencial de empujar en el marco jurídico electoral la obligatoriedad de los partidos a garantizar la paridad en las candidaturas a los cargos de elección popular.

La definición de Peña le dio la razón a las feministas políticas que, con tenacidad, consiguieron a finales del sexenio anterior la resolución del Tribunal Electoral para que, ahora sí, se aplicara en 2012 el principio de las cuotas de género, consiguiendo una presencia femenina inédita en el Congreso. Nos referimos a mujeres de diversos signo partidista que nunca han quitado el dedo del renglón: la magistrada María del Carmen Alanís; la exsecretaria de Estado y exsenadora Silvia Hernández; la destacada politica priista María de los Ángeles Moreno; la diputada y exlíder nacional del PRD, Amalia García; la pionera del tema en el PAN, Elena Álvarez; la presidenta del Instituto de Desarrollo Social, Angélica Luna Parra; la brillante Dulce María Sauri; la senadora perredista Angélica de la Peña y las feministas activas y políticas Guadalupe Gómez Maganda, Clara Scherer y Martha Tagle, entre una larga lista de representantes del tesón y el compromiso.

Pero en la otra cara de la moneda, la instrucción presidencial —porque para los disciplinados del PRI, una declaración del mandatario es eso— ha puesto en aprietos a los varones del partido en el poder y de la oposición, quienes entre ellos cuchichean lo incómodo que se van a sentir cuando no tengan escapatoria en el cumplimiento de la ley.

Derivado de ese malestar, los rejegos de la paridad han empezado a repartir la especie de que quién sabe de dónde van a salir tantas mujeres para darle soporte a la mitad de las listas.

A pesar de sus dichos —y eso enfada más a los experimentados, a los de izquierda, de derecha, a los ilustrados y a los silvestres—, saben que la nueva circunstancia feminizará las competencias internas por las candidaturas a los gobiernos estatales.

El boom de la paridad viene. Porque la competencia por la representación ciudadana pasará, inexcusablemente, por el tema de las mujeres. Y las dirigencias partidistas deberán formular estrategias ganadoras. Ya se habla de Blanca Alcalá para conducir la apuesta priista. Mientras en el PAN, cuentan con los liderazgos de Josefina Vázquez Mota y Margarita Zavala. Y algo tendrán que inventar en el PRD para ponerse al día y darle su lugar a sus luchadoras históricas.

Por eso, sin darle la espalda a los pendientes —partidos donde los hombres tiran línea, estados donde nadie se hace cargo de los feminicidios—, hoy vamos a festejar lo que viene: la mala hora del machismo en el poder.

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