La derrota del PRD ante AMLO

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Ivonne Melgar 11/01/2014 00:51
La derrota del PRD ante AMLO

Para María Paula Murillo, porque su alegría nos deslumbra y nos cobija.

El supuesto debate en torno a la unidad de las izquierdas deja al descubierto la pobreza de una agenda política que, conservadora como nunca antes, se desentiende de lo importante y de lo urgente: la calidad de vida de una sociedad polarizada en sus oportunidades y la crisis de seguridad de un gobierno dispuesto a ceder el monopolio de la fuerza del Estado.

Ha sido lamentable atestiguar la actitud omisa del PRD y de López Obrador en una semana marcada por la ingobernabilidad en Michoacán y el reconocimiento de la administración federal de los límites de la autoridad local para frenar al crimen organizado.

A no ser por las aisladas declaraciones del coordinador de los diputados, Silvano Aureoles, con la mira puesta en el Palacio de Gobierno de la entidad, los legisladores y dirigentes perredistas, del PT, de MC y del futuro partido de AMLO, Morena se encuentran enfrascados en su monotemática plataforma: revertir la Reforma Energética.

Unificados en torno al discurso de que el futuro del país se juega en la administración de Pemex y la forma en que se realicen los negocios petroleros, los políticos perredistas, petistas y morenos (hay que decir que todos los de MC lo son) canalizan sus preocupaciones en la disputa del liderazgo de eso que ahora se denominan las izquierdas.

Y aunque a la hora de los números, el grupo político hegemónico de Jesús Zambrano, presidente del partido, y de Jesús Ortega, líder de Nueva Izquierda, logre mantener el control de la estructura y apuntalar a Carlos Navarrete en el relevo de la dirigencia que se avecina, la batalla cultural, está siendo ganada por las posturas conservadoras de las autollamadas izquierdas.

Quieren conservar al sector energético tal y como está. Y si nos atenemos a quienes alzan la voz en torno al tema educativo, diríamos que preferirían regresar a los tiempos de Elba Esther Gordillo, quien se oponía a la evaluación magisterial de la misma forma en que lo hacen los defensores de la CNTE.

De manera que, a más de un año de la salida de López Obrador del PRD, el proyecto reformista de ese partido, cuyos actores firmaron el Pacto por México, afronta una embestida que termina caricaturizándolos como mercaderes de la política.

Eso es quizá lo más lamentable de este presunto debate por la unidad de las izquierdas: la retórica en contra del diálogo, de los acuerdos, de las mesas de negociación y, al final de cuentas, de los mecanismos de una democracia electoral inescapablemente plural.

Puede ser que al final Los Chuchos se sostengan al frente del PRD. Pero en los hechos avanza en el ánimo y el discurso de la cultura del caudillismo, el mea culpa por haber sido parte del Pacto y la apuesta de que no hay más alternativa que la de “derrocar” al régimen, como lo propone López Obrador.

La principal evidencia de cómo el conservadurismo se impone la ofreció en su reaparición pública el coordinador de los senadores perredistas, Miguel Barbosa, cuyo nuevo liderazgo —después de una trágica circunstancia de salud que lo llevó a la amputación del pie derecho— no debe perderse de vista.

Con el halo de respeto y reconocimiento que las malas rachas le imprimen a los hombres públicos, el legislador que un día perteneció a la visión reformista de Nueva Izquierda encarna la actual coyuntura del PRD, caracterizada por la nostalgia de los días en que AMLO daba la cara para justificar desde sus agendas parlamentarias encuadradas por el no sistemático hasta las tomas de tribuna.

Ejerciendo la claridad que se le atribuye a quien ha estado al borde de la muerte, Barbosa volvió al Senado para desmarcarse de sus ex compañeros de corriente y sumar a los antiPacto, decretando que nunca más una cosa similar y que buscaría a López Obrador para recuperar la unidad pérdida y ganar la defensa del petróleo.

Morena respondió que no quieren nada con la dirigencia del PRD. Pero en la devoción que distingue a quienes hacen posible las visiones redentoras del caudillismo, los perredistas insistirán. Se sienten descobijados, porque no hay quién santifique desfiguros como los que  protagonizaron en diciembre en la Cámara. 

Ni siquiera el impulsor de la más audaz agenda de izquierda liberal durante su gestión capitalina, Marcelo Ebrard, escapa del conservadurismo monotemático; le apuesta a “la fusión” de las izquierdas, despotrica contra el Pacto y promete convencer a López Obrador.

El promotor de la unidad torpedea la gestión de su sucesor en el DF, un Miguel Mancera que entre tanto fuego amigo y errores de gestión —como la  tolerancia a las movilizaciones de la CNTE— ha visto reducido los márgenes para convertise en figura líder del PRD sin AMLO. Y aunque las acciones tomadas en el arranque de 2014
—desalojo del Monumento a la Revolución y la designación de Patricia Mercado en la Secretaría del Trabajo— parecieran ser parte del relanzamiento del gobierno capitalino.

Con escasas excepciones de algunos diputados del PRD con iniciativas en la materia —la despenalización de la mariguana por parte de Fernando Belaunzarán o la regulación del uso de la fuerza del Estado por Fernando Zárate—, las izquierdas siguen con la cantaleta de que el problema de fondo es el neoliberalismo. Y mientras tanto que nos lleve la tristeza.

Alarma el silencio frente a los problemas de la vida diaria. Pero también, ante un camino que podría convertirse en la sepultura del partido más importante de izquierda en la historia de México: la vía del derrocamiento del regimen que ahora abandera AMLO.

Ensimismados en la consulta popular de 2015, con la esperanza de que ésta echará por tierra la Reforma Energética, los perredistas pretenden sobrevivir durante año y medio con el combustible de su monotemática agenda y someterse, otra vez, a los vaivenes del caudillo y a lo que diga su dedito.

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