Antigua luz

No niego los aciertos del libro, pero me costó trabajo remontar su espesura.

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Gerardo Laveaga 11/07/2014 00:00
Antigua luz

Si hubiera que elegir un adjetivo para calificar la novela Antigua luz, de John Banville, me inclinaría por “densa”. Cierto: no la leí en inglés. Pero la traducción de Damiá Alou (Alfaguara, 2012), como lo constaté cotejando algunos párrafos con el texto original, refleja la pesadez de modo insoslayable.                                                                      

Las dos historias no podrían resultar más simples: la primera es la de Alexander Clave, actor de teatro sexagenario, a quien invitan a formar parte del elenco de una película, compartiendo el papel estelar con una diva que, en el transcurso de la filmación, intenta suicidarse. La segunda, basada en los recuerdos del propio Clave, nos lleva a su época de adolescencia, cuando se convirtió en amante de la señora Gray, madre de uno de sus compañeros de la escuela, quien le llevaba 20 años.                                          

Esto le ocupa páginas y páginas al narrador. No sólo describe la inclinación de la luz del sol y los vestidos que la señora Gray llevaba puestos en cada encuentro sexual, sino que se distrae a la menor provocación. Una puerta desvencijada o un colchón le sirven para interrumpir el hilo narrativo.                                                                                                                                                                                                           

Cuando más próximo estuve de abandonar mi lectura fue en los casos en que parecía que iba a decir algo significativo y, de repente, recordaba a un vagabundo de su barrio o un sueño que había tenido y, sin que ello tuviera  que ver con las historias, comenzaba a divagar.

Sus imágenes, por otra parte, me resultaron ociosas. En el mejor de los casos, forzadas: “Cualquier día de la semana salgo de mi casa y en la calle el mismísimo aire se convierte en un bosque de hojas afiladas que me rebana de manera imperceptible hasta convertirme en las múltiples versiones de la singularidad”.

¿Cuál es, entonces, el mérito de la obra? Desde mi punto de vista, las distorsiones de la memoria. Durante una noche de insomnio en un hotel de Italia, un hombre le recuerda que la luz de las estrellas que observamos en el firmamento es una luz que se emitió hace años...

Y la memoria de Clave, como él acaba comprendiéndolo, ha sido distante, engañosa. El fin de su affaire con la señora Gray —cavila— se debió a que una tarde fueron sorprendidos por Kitty, hija de ésta. La jovencita difundió el chisme por el pueblo y la familia Gray se vio obligada a mudarse… Pero cuando, al paso de los años, Clave conversa con Kitty, ahora convertida en monja, descubre que los hechos fueron distintos. Muy distintos. Esto lo hace replantearse el suicidio de su propia hija, que aún lo abruma.

No niego los aciertos del libro, pero me costó trabajo remontar su espesura. Lo hice por disciplina y, aunque Banville ya se hizo acreedor al Booker y a otros premios emblemáticos, no me quedaron ganas de adentrarme en su obra.

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