Heinrich Böll: conciencia de Alemania

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Gerardo Laveaga 27/06/2014 00:00
Heinrich Böll: conciencia de Alemania

Tenía yo 16 años cuando cayó en mis manos Acto de servicio, novela sobre el proceso contra Johann Gruhl y su hijo por haber prendido fuego a un automóvil del ejército. En vista de que el acto fue cometido durante un viaje “tragakilómetros” y se adujeron razones artísticas —crear una obra perteneciente al happening—, el juez concedió la absolución.

Entonces no tenía una idea clara sobre la posguerra en Alemania, pero la novela me pareció sugerente, la burla tan bien lograda, que volví al mismo autor, esta vez con sus relatos cortos. En el sicólogo que coleccionaba silencios de las cintas radiofónicas, en el vieja tía que obligaba a sus familiares a vivir una Navidad que se prolongaba 12 meses y en el empleado que se ganaba la vida destruyendo los folletos de propaganda que llegaban a cierta empresa, confirmé el sarcasmo que, en su tiempo, debió causar escozor a los contemporáneos de Heinrich Böll.

Al leer, más tarde, Casa sin amo y ¿Dónde estabas Adán?, fui descifrando la naturaleza de las cicatrices que dejó en Alemania la Segunda Guerra Mundial. Un día, decidí escribir a Böll. Busqué su dirección en el primer Who’s who que hallé —Hukchrather Str 7, en Colonia— y le envié una carta en inglés, llena de lugares comunes.

Nunca imaginé que fuera a responderla. Pero la respondió. Me envió, dedicada, la edición en español de Opiniones de un payaso. Desde entonces, año con año, empecé a recibir una tarjeta navideña con lo que parecía un Cristo estilizado.

Ansichten eines clowns es un retrato de la hipocresía que campeó en Alemania después de la catástrofe. Ni políticos ni empresarios, ni católicos ni protestantes, querían hacerse responsables de ella. El protagonista, hijo de una familia adinerada, advierte que todas son apariencias a su alrededor. Él decide ser mimo para romper con ese entorno y, al final, desilusionando, termina pidiendo limosna en la estación del ferrocarril.

A medida que fui ampliando mi visión histórica, empecé a descubrir las dimensiones morales de la obra de Böll. En El tren llegó puntual o en Billar a las nueve y media, advertí, sin rodeos, la vergüenza que le provocaba una guerra infame que, en lo personal, él siempre quiso perder.

Más adelante, criticó a la prensa que, en nombre de la “libertad de expresión”, destrozaba reputaciones y vidas. El honor perdido de Katharina Blum es una novela audaz, políticamente incorrecta, que debieran leer todos aquellos periodistas y activistas que creen que la “libertad de expresión” lo justifica todo. Volker Schlöndorff y Margarethe von Trotta produjeron una película homónima (1975), apegada al texto y muy recomendable.

Las denuncias de Böll llegaron a subir tanto de tono, que un encumbrado político le instó a irse a vivir a otro país si no le gustaba el suyo. Paradójicamente, la sociedad alemana terminó reconociéndolo como la voz de su propia conciencia. En sus libros y tareas pacifistas, él estuvo orientado por la misma obsesión: Alemania no debía olvidar su pasado ni “abusar” de la democracia.

Quince días después de su muerte, en 1985, recibí un cuaderno In memoriam. En la portada aparecía el novelista, transmitiendo un sosiego proverbial. Aquel anciano, cuyas fotografías podían servir como alegoría de la candidez, había tenido una energía formidable para respaldar las causas más nobles de su país y, al mismo tiempo, para defender con vehemencia “el derecho a la verdad”. Me enorgulleció haber sido su contemporáneo y, de algún modo, haber estado tan cerca de él.

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