La biografía respetuosa

“Sartre aplastó a los demás con la increíble superioridad de su talento”.

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Gerardo Laveaga 13/06/2014 00:00
La biografía respetuosa

“Una chica como tú”, dice un personaje de una de las obras más famosas de Jean-Paul Sartre, “no puede disparar contra un hombre como yo”. Y eso es, precisamente, lo que ocurrió a Annie Cohen-Solal al escribir la biografía del filósofo francés (Edhasa, 1990): fue demasiado cauta, demasiado solemne: no se atrevió a disparar contra Sartre.

“Lo que ha ejecutado un gran hombre se encuentra en las enciclopedias”, sentenció Emil Ludwig. “Cómo lo hizo, por qué lo hizo de esta y no de aquella manera; lo que deseaba y no consiguió, eso debe encontrarse en su biografía”. Aunque el libro de Cohen-Solal me sigue pareciendo el más completo y accesible sobre Sartre —por lo menos entre los que se han traducido al español—, lo hallo frío, sin empatía por el personaje. Se echa de menos un Final Assessment, como dicen los ingleses.

La agilidad del estilo, cierto, apenas permite descubrir la profusa documentación de la que se valió la biógrafa. No se advierten las costuras. Sin embargo, al terminar la lectura, la figura de Sartre empieza a desvanecerse. Quedan los recuerdos de su familia —en particular los de su madre—, los pleitos que tuvo el pequeño Poulou con sus compañeros de La Rochelle y la amistad que cultivó con Paul Nizan en el liceo Henri IV.

Quedan, por supuesto, sus primeras actividades subversivas en la École Normale Supérieur, sus lecturas frenéticas —trescientos libros al año— y aquellos elementos que, en lo futuro, conformarían su ideología… De lo que no queda casi nada es del ser humano. Faltó el ánimo intrusivo, la irreverencia que, en el caso de cualquier biografía memorable, constituyen el soplo vital.

Las desmesuradas ambiciones juveniles de Sartre se reducen a una frase suya: “Quien no es famoso a los veintiocho años, debe renunciar para siempre a la gloria”. La glosa de la autora es tímida: “En contra de sus previsiones, no conocerá la fama y la gloria hasta después de la Segunda Guerra Mundial, a los cuarenta años”. En cuanto a su relación con Simone de Beauvoir, ésta se limita a cartas, las memorias de su compañera y testimonios de quienes trataron de cerca a la pareja. Nada más.

Nos enteramos, posteriormente, de los experimentos que el filósofo hizo con la mescalina —las alucinaciones de paraguas-buitres que le produjo—, de las dificultades que tuvo para publicar La Nausée; de su fracaso con Les Mouches; de la dosis de corydrane que ingería para poder mantener su ritmo de trabajo y del buen éxito de Les Temps Modernes, revista que le permitió consolidar su liderazgo intelectual.

Pero el lector se queda sin conocer los móviles del filósofo: ¿Fue su fealdad? ¿Fue el resentimiento social? ¿Fue algún otro complejo? Los datos duros no bastan.

“Quiso sobresalir a toda costa”, nos cuenta Cohen-Solal, en un intento por rebasar estos datos: “sobresalió, aplastó a los demás con la increíble superioridad de su talento y su megalomanía, y luego se extrañó del resultado”. Más juicios como estos habrían hecho falta cuando habla de sus vínculos con el poder, de sus amantes, de Camus

Para hablar de la última etapa de la vida de su personaje —su lucha al lado de los masoístas, el rechazo del Premio Nobel, su decadencia, los esfuerzos que hizo para mantenerse a la vanguardia—, la autora regresa a las entrevistas publicadas, a las conversaciones y a las epístolas. Una lástima. Con un personaje tan novelable como el autor de El ser y la nada, cualquier otro biógrafo se habría dado un festín.

Twitter: @GLaveaga

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