Cuarenta años sin Torres Bodet

Fue el mejor secretario de Educación Pública de nuestro país en el siglo XX.

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Gerardo Laveaga 16/05/2014 00:00
Cuarenta años sin Torres Bodet

Hace 40 años —el 13 de mayo de 1974—, Jaime Torres Bodet se descerrajó un tiro en la cabeza. El problema que tenía con la pelvis, el cáncer incipiente y su progresiva ceguera explicaron el suicidio de uno de los más exitosos servidores públicos que ha tenido México.

 Lo fue, no sólo por los cargos que ocupó (dos veces secretario de Educación Pública, canciller y director general de la UNESCO, entre otros) sino por la eficacia con la que los desempeñó. Fue el mejor titular de Educación Pública de nuestro país en el siglo XX. Incluso, por encima de José Vasconcelos.

 Donde Vasconcelos, todo idealismo y todo retórica, obsequió libros de Polibio y Tolstoi a diestro y siniestro, Torres Bodet decidió que los mexicanos debían aprender primero a leer. Donde Vasconcelos soñó conciliar las enseñanzas de Buda, Platón y Jesucristo, a través de una “raza cósmica”, Torres Bodet edificó escuelas y diseñó estrategias educativas. Se condujo como un habilísimo administrador:

Impulsó la reforma al artículo 3° constitucional para cerrar el fallido capítulo de “la educación socialista” y, al mismo tiempo, dar cauce a las crecientes inquietudes del gremio magisterial. Convocó al Primer Congreso de Educación Normal; inauguró el Comité Federal del Programa de Construcción de Escuelas; fundó el Instituto Federal de Capacitación del magisterio: encabezó la primera y más celebrada campaña contra el analfabetismo (1944-1946) y publicó la Biblioteca Enciclopédica Popular. Era un workalcoholic. No paraba.

Lanzó el Plan para el Mejoramiento y la Expansión de la Educación Primaria (primer intento por planificar la educación en nuestro país); desarrolló un programa que le permitió construir 21 mil aulas de 1958 a 1964; proyectó el aula casa rural prefabricada; instaló la Comisión Nacional de los Libros de Texto Gratuitos (1958), reformó los programas de estudio en primaria, secundaria y normal; fomentó la educación técnica, industrial y agropecuaria; inauguró, entre otros, los museos de Antropología y  de Arte Moderno…

A pesar de estos éxitos, que siguen beneficiando a los mexicanos, Torres Bodet fue un hombre profundamente desdichado. Así lo dejan ver sus poemas, ensayos y, en particular, sus memorias. “Quiso, ante todo, ser poeta”, escribió de él Octavio Paz. Coincido: su compromiso original fue la literatura. Ahí están, para probarlo, sus poemarios El corazón delirante, Cripta, Fervor… Luego, escuchó el canto de las sirenas y se extravió en la vorágine política. Con magníficos resultados —quién lo duda—, pero, a fin de cuentas, se perdió: “A pesar de sus indudables méritos intelectuales y de su cultura… no fue realmente un intelectual sino un funcionario”, concluye Paz.

En uno de sus poemas más citados, Torres Bodet cavila: “Enterrado vivo/en un infinito/dédalo de espejos,/me oigo, me sigo,/me busco en el liso/muro del silencio/Pero no me encuentro/” ¿Se refería a la brutal escisión que vislumbraba entre política y literatura o, más bien, como sugieren algunos, a su reprimida sexualidad, que le llevó a una vida de hermetismo asfixiante? No lo sabremos.

Sea como fuere, Torres Bodet padeció sus contradicciones con estoicismo. Se esmeró en proclamar que no era un político, que aceptaba los cargos públicos a su pesar y que la administración pública le quitaba tiempo para escribir. Aun así, su producción literaria no se compara con cuanto hizo por la educación y la cultura de los mexicanos. Todos tenemos que estarle agradecidos.

Twitter:@GLaveaga

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