Eloy Urroz, el arte de erotizar

Lo mejor de la novela es el erotismo que la impregna.

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Gerardo Laveaga 18/04/2014 00:00
Eloy Urroz, el arte de erotizar

Un siglo tras de mí (Joaquín Mortiz, 2004) es, por mucho, la mejor novela de Eloy Urroz. Si logramos hacer a un lado sus inquietudes sicoanalíticas (¿soy judío, estadunidense o mexicano? ¿Soy poeta o novelista?) quedaremos más que satisfechos con sus alardes de talento para erotizar cuanto recrea.

La saga —porque Un siglo tras de mí es una saga—
comienza a finales de la Primera Guerra Mundial, cuando la abuela materna de Silvana —protagonista y narradora de la historia— contrae matrimonio y huye de Siria para asentarse en la Ciudad de México, donde abre una tienda de tapetes.

A partir de entonces, su mundo girará en torno a la crianza de sus ocho hijas y su hijo varón. Los personajes comienzan a desgranarse: las siete hermanas de la madre de Silvana, los sobrinos y primos de la protagonista, los esposos, los novios… El árbol genealógico que Urroz incluye al principio del libro no es suficiente para digerir tan impresionante desfile familiar.

Dentro de esta galería, merece atención particular el padre de la protagonista, un profesor universitario que deja de escribir poesía, vapuleado por las intrigas de la “caníbal” comunidad cultural de México. Se antoja una encarnación de todos los miedos de Urroz; lo peor que podría prever para sí mismo: el destino que ha intentado eludir, impartiendo clases en una universidad de Estados Unidos y del que no ha escapado del todo, como lo denotan sus novelas más recientes.

Descuellan las soberbias descripciones sobre el choque de culturas que suponen las familias materna y paterna; la fusión de árabes, mexicanos y estadunidenses, así como las preguntas que los personajes se hacen a sí mismos sobre su identidad aunque, por momentos, la faena de introspección resulte maratónica.

Lo mejor de la novela, sin embargo, es el erotismo que la impregna. El fetichismo que uno de los primos de Silvana siente por las sandalias de la joven, los arranques exhibicionistas de Silvana y su novio, la violación que sufre en un taxi otra de las primas o aquella de la que es víctima la propia Silvana, cuando su marido induce a uno de sus amigos a perpetrarla, son escenas que desfilan, una a una, con pasmante naturalidad.

Lamer zapatos o invitar a un amigo a que copule con nuestra esposa no debe asustar a nadie, parece decir Urroz. Hacer el amor a la vista de todos o seducir a un adolescente —como acaba haciéndolo Silvana con uno de sus alumnos— no tiene por qué considerarse una perversión.

El planteamiento del autor es tan espontáneo, que uno se incomoda por no incomodarse. Aquí está la auténtica transgresión: en la facilidad con la que el lector cae ante las provocaciones de Urroz. Ningún autor de su generación ha logrado un dominio tan ostentoso del erotismo: “Fue entonces cuando sentí el miembro de ese hombre rasgándome por dentro, perforándome las entrañas sin posibilidad de moverme un solo milímetro. Como siguiendo instrucciones de mi marido, el tipo no tenía el mínimo cuidado al penetrarme… Sólo su sexo ardiente dentro de mí”.

Cuando uno termina de leer las novelas de Urroz —y esto ya me ocurrió en Herir tu fiera carne—, sabe que algo ha alterado su forma de ver el mundo: ¿Es su destreza para despertar nuestras fantasías? ¿Es la causticidad con la que se burla de nuestros prejuicios? ¿Es su determinación para perturbarnos? Sea lo que fuere, debe sentirse satisfecho: en Un siglo tras de mí consigue aquello a lo que todo escritor aspira: provocar, sembrar dudas, reinventar los pequeños universos de sus lectores…

Twitter: @GLaveaga

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