El fantasma de Miguel Salinas

Fue un filólogo —amante de las palabras— en la más amplia acepción del término.

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Gerardo Laveaga 04/04/2014 00:00
El fantasma de Miguel Salinas

Uno de los días más memorables de mi niñez fue en diciembre de 1974, cuando el gobernador del Estado de México inauguró la rotonda de los hombres ilustres de esa entidad. Asistí acompañando a mi abuela y a mi madre, quienes estaban visiblemente emocionadas: uno de los 14 muertos que estrenarían aquel sitio era Miguel Salinas Alanís (1858-1938), su padre y abuelo, respectivamente.

Se le había exhumado de la cripta familiar y, ahora, volvía a enterrársele en Toluca, al lado de Isidro Fabela, León Guzmán y otros mexiquenses distinguidos. Aún recuerdo los discursos, las flores, la banda militar, sus clarines, el toque de silencio...

Para mí, sin embargo, Miguel Salinas fue más que aquella solemne ceremonia. Mucho más: constituyó una referencia fundamental en mi infancia. En las casas de mis tíos y primos abundaban sus retratos; la calle donde estaba la casa de mis padres, en Cuernavaca, se llamaba Miguel Salinas y, más de una vez, en camino por las carreteras de Morelos, hicimos un alto para tomarnos una fotografía familiar frente a algunas escuelas que llevan su nombre.

A la fecha, cuando algún amigo mío ingresa a la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, me reencuentro con su retrato —el de la última etapa de su vida—, colocado entre el de quienes presidieron la institución. En aquella época, ya no podía prescindir de unos horribles anteojos con cristales verdes, y no se separaba de su venera como miembro de número correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua.

Puede parecer una ridiculez, pero ser bisnieto de este historiador, cuyos libros Sitios pintorescos de México, Historias y paisajes morelenses y Datos para la historia de Toluca, siguen siendo consultados y citados, me hizo crecer con un sentimiento de enorme responsabilidad, sentimiento que mi madre alentó: no podía sacar malas notas en la escuela ni, mucho menos, comportarme de modo inapropiado. ¡Qué habría dicho mi bisabuelo! Ningún otro muerto influyó tanto en mi formación.

Miguel Salinas fue, además, maestro rural, fundador de instituciones educativas y servidor público. En Morelos, su estado adoptivo, se hizo cargo de la educación pública con magníficos resultados. En recuerdo, la biblioteca municipal de Cuernavaca lleva su nombre. Por ello, cada vez que tengo la oportunidad, lo presumo: “Provengo de una familia de maestros”, digo pensando en él, en sus hijas y en sus nietas, que dedicaron su vida a la docencia.

Pero sus aportaciones más importantes las hizo como gramático. Fue un filólogo —un amante de las palabras— en la más amplia acepción del término. A través de su Gramática inductiva, su Construcción y escritura, sus Ejercicios lexicológicos y sus Cuentos, leyendas y poemas, ayudó a consolidar las bases teóricas a la lengua española y a difundirla en México. Contribuyó a que miles de niños aprendieran a leer y a escribir y a que disfrutaran nuestra lengua. En mi caso, auxiliado por sus libros, aprendí a gozar entrelazando palabras y urdiendo oraciones. A la fecha, esto me sigue suscitando una obsesiva fascinación y, también, un desafío. Tanto, como los Lego pueden provocarlos en mi hijo.

Crecí a lado de Miguel Salinas sin conocerle —siempre estuvo presente sin estarlo— y, dos generaciones después, heredé su escritorio, su silla de trabajo y algunos de los libros que le dedicaron Cecilio Robelo, Genaro Estrada o Enrique González Martínez. Los conservo como un tesoro en mi propia biblioteca donde, imposible evitarlo, también figura su retrato.

                Twitter: @GLaveaga

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