Sillanpää: El alquimista finlandés

El escritor describió el nacimiento de un país a través de la vida diaria de los hombres y mujeres que lo construyeron

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Gerardo Laveaga 21/03/2014 00:00
Sillanpää: El alquimista finlandés

           Para Anne Lammila

 

Los finlandeses suelen quejarse: “Somos mucho más que Sibelius”, aducen. Y es cierto. Literatura, arquitectura, cocina, tecnología y diseño lo confirman. Pero —admitámoslo— Sibelius es una carta de presentación inmejorable. En lo personal, llegué a encariñarme con Finlandia a través de Sibelius y, cuando viajé a ese país, lo hice más con la intención de visitar la casa del compositor y recorrer los escenarios que le inspiraron, que con la de contemplar los cuadros de Akseli Gallen-Kallela, deambular por los edificios de Alvar Aalto o paladear el Mämmi, pudín nacional.

También por Sibelius me aproximé a Frans Eemil Sillanpää que, junto con Mika Waltari y Arto Paasilinna, son los tres mayores novelistas en el que, probablemente, es el país donde más se lee en el mundo. Pero mientras Waltari escribió sobre el imperio de Solimán o el antiguo Egipto y Paasilinna se burla de sus coterráneos en pleno siglo XXI, Sillanpää describió el nacimiento de un país a través de la vida diaria de los hombres y mujeres que lo construyeron desecando pantanos o cosechando heno.

Si Elías Lönrot recopiló, en el Kalevala, las leyendas fundacionales de este pueblo formidable, fue Sillanpää quien retrató, con sencillez y profundidad, la vida cotidiana de los campesinos que constituyen las auténticas raíces de Suomi, que es así como llaman los finlandeses a su patria. Con sencillez, porque nada parecería más simple que los días largos y las noches cortas, el trabajo cotidiano en una granja, la cría de vacas y gallinas, los bailes en las fiestas de una aldea, las borracheras, los amoríos y el nacimiento de los niños…

Con profundidad porque, a través de la pluma del novelista, lo más intrascendente cobra relevancia. En Silja, por ejemplo, narra la brevísima vida de una joven que, debido a los malos manejos financieros de su padre, acaba convertida en sirvienta. Va de patrón en patrón —algunos generosos y otros abusivos—, conoce el amor y muere de tisis, poco antes de saber que su amado —quien, por cierto, la abandona— yace en un hospital sin pierna y sin pulmón.

Pero aunque esta vida pueda antojarse insignificante en el devenir del universo, Sillanpää, a la manera de los alquimistas medievales, convierte en magia lo más elemental: el aroma de una flor, la sensación de la brisa en su cara, un regaño, un beso furtivo… Esto hace que se justifique cada instante de la existencia de Silja. Y que se justifique con creces.

Lo mismo ocurre con Martti Hongisto, un escritor frustrado que, en Bellezas y miserias de la vida, intenta que su vida adquiera algún valor, reencontrándose con la mujer a la que amó en su juventud. O con los personajes de Noche de estío: “Es muy difícil encontrar un miserable lo suficientemente endurecido para que pueda permanecer insensible al aliento de la noche estival”, dice Sillanpää en esta historia.

No hablo una palabra de finés, por lo que leí estas novelas, así como A ras del suelo y La vida ignorada, en la colección de Premios Nobel que editó Aguilar. Dejé de captar los giros e imágenes que hacen que una lengua sea la que es, sí, pero absorber el espíritu bucólico y engolosinarme con la magia que entraña una vida cualquiera, por más trivial que parezca, no implicó dificultad alguna.

Cuando la Academia Sueca otorgó el Nobel a Sillanpää, en 1939, adujo que lo hacía “por la profunda comprensión y el exquisito estilo con los que ha retratado la vida del campesinado de su país natal y la relación de éste con la naturaleza”… La Academia olvidó mencionar lo de la alquimia.

Twitter:@Glaveaga

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