El lado amable de la tragedia

O’Neill es el más grande dramaturgo que ha dado Estados Unidos

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Gerardo Laveaga 07/03/2014 00:00
El lado amable de la tragedia

Conocí a Eugene O’Neill en 1980, cuando la Compañía Nacional de Teatro presentó ¡Ah, Soledad! Nunca en mi vida me había impactado tanto una puesta en escena. El protagonista, Richard Miller, un adolescente que leía a los clásicos y recitaba de memoria versos del Rubaiyyat, acababa de recibir una nota de su novia quien, en respuesta a sus “atrevidas” cartas, daba por terminada su relación. Para que no cupiera duda sobre la seriedad de dicha nota, el padre de la joven la entregaba, personalmente, al de Richard. Abatido, él se emborrachaba en un burdel, aunque acababa reconciliándose con su familia y hasta con su novia.

Me impresionó el conflicto sicológico de cada personaje y, salvo por la borrachera y el burdel, me sentí profundamente identificado con el protagonista. A tal grado, que me presenté en los camerinos del Teatro del Bosque e insistí en conocer el actor que, por cierto, tenía mi misma edad. Desde entonces me hice amigo de Demian Bichir.

También me hice admirador del dramaturgo, el más grande que ha dado Estados Unidos. Si Emerson inauguró la filosofía de ese país, O’Neill hizo lo mismo por su teatro. Cuando, ocho años después, el gobierno estadunidense celebró el centenario de su natalicio, yo había leído un buen número de sus obras y, por añadidura, acababa de publicar Los hombres que no querían redención. Esto me acreditó para participar en un encuentro organizado por el O’Neill Theater Center, en Waterford, Connecticut. Aún conservo la sudadera que me regalaron con el rostro estilizado del escritor.

Junto con otros jóvenes de Francia, Finlandia, Kenia, Papúa-Nueva Guinea, Polonia, Singapur y Uganda, discutí su obra durante un mes: ¿Era un naturalista tardío? ¿Era, más bien, un contemporáneo atado al drama clásico? ¿Tenía mayor influencia de Strindberg o de Shaw? ¿Hasta dónde se advertían su alcoholismo y amargura en cada uno de sus diálogos? Hubo conferencistas como August Wilson y Jim Henson, que atizaron el debate.

Entre las actividades adicionales, hicimos una visita a Monte Cristo Cottage, su casa natal, escenario de ¡Ah, Soledad!  y de Long Journey Into Night, el densísimo desencuentro entre un matrimonio y sus dos hijos, que emplean una noche entera para formularse acusaciones mutuas y culparse de haber arruinado sus vidas entre sí.

De regreso en México, seguí leyendo los dramas de O’Neill —todos ellos construidos con retazos de su propia vida— y viendo las películas que se habían inspirado en éstos. Por ejemplo, Deseo bajo los olmos (1957) —sobre la lujuria que un joven comparte con su madrastra— o Extraño interludio  (1932), acerca de una mujer que, ante las taras hereditarias de la familia de su esposo, se embaraza de otro hombre para dar a luz un hijo sano.

Los personajes de O’Neill suelen verse arrastrados por su destino, como en las tragedias griegas. No importa que se ubiquen en la guerra de secesión, como El luto sienta bien a Electra, en la Venecia medieval, como Marco Millones o en una isla Caribeña, como El emperador Jones.

O’Neill echó mano de nuestros miedos, frustraciones y fracasos, para retratar la frágil y contradictoria naturaleza humana. Cuando, en 1936, la Academia Sueca le otorgó el Premio Nobel, ésta elogió “el concepto de lo trágico que caracteriza su obra dramática”. Él, por su parte, declaró: “Hay más felicidad en una tragedia que en todas las obras con final feliz”.

Twitter: @GLaveaga

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