Horacio: Mi poeta predilecto

Su filosofía es fácil de resumir: La vida es breve, brevísima, y nada podemos hacer para evitar dolor.

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Gerardo Laveaga 21/02/2014 00:00
Horacio: Mi poeta predilecto

Después de algunas aventuras militares, Quintus Horatius Flaccus (65 a.C.-8 a.C.) resolvió que lo suyo no era la guerra. Consiguió el respaldo del emperador Augusto, el financiamiento de Mecenas —quien le regaló una finca— y se retiró a escribir poesía. Qué más daba aplaudir, de cuando en cuando, los éxitos de sus promotores. A cambio obtendría su tranquilidad…  Menos flexibles que él, otros de sus contemporáneos se empeñaron en desafiar al Princeps y acabaron desterrados. Ovidio, por ejemplo.

Pero no es el pragmatismo de Horacio el que le convierte en uno de los mayores poetas del mundo y al que, personalmente, más disfruto. Su lugar en la Literatura lo ganó con sus Epodos, Odas, Sátiras y Epístolas, donde, recreando la poética griega, logró figuras innovadoras y versos de sobrecogedora musicalidad. En ellos fusionó el pensamiento estoico y epicúreo. Hoy se le considera el poeta lírico por antonomasia. Clásico entre los clásicos.

Su filosofía es fácil de resumir: La vida es breve, brevísima, y nada podemos hacer para evitar dolor, enfermedad y muerte. Puesto que es así, gocémosla con la mayor intensidad posible.  Esto no significa intemperancia. Administrar el regocijo con sabiduría —fiestas, vino, encuentros sexuales— nos permite pasarla mejor. Nadie ha expresado estas ideas con tanta belleza y concisión.

Carpe Diem”, aconsejaba: Hay que disfrutar el presente. Hay que mantener el ánimo sereno en los momentos difíciles: “A equam memento rebus in arduis seruare mentem, non secus in bonis ab insolenti temperatum laetitia…” Perder la cabeza es sano si esto se hace de cuando en cuando —Dulce est desipere in loco—, dado que todos terminaremos convertidos en polvo. Unir la pasión de la juventud con la serenidad de la vejez es lo mejor que puede ocurrirnos.

Esta vitalidad, desde luego, se opone a fanatismos religiosos y a nacionalismos, los cuales exigen sacrificar bienestar y vida en aras de paraísos inciertos. Sacerdotes y tiranos detestan a Horacio. Lo mismo aquellos economistas que se esmeran en legitimar la miseria en que se mantiene a millones de seres humanos o los que afirman que estos pobres serán retribuidos a largo plazo, si se actúa como ellos aconsejan... Cuando Keynes advirtió que “a largo plazo todos estaríamos muertos”, evocaba a Horacio.

Si acompañamos nuestra lectura de sus poemas con una traducción al español, no es imposible paladearlos en latín. Entre las incontables traducciones, me parece que la edición bilingüe de Enrique Badosa (La veleta, 2001) es la mejor que se halla en el mercado. Por otra parte, Harry Eyres acaba de publicar Lecciones de Vida con Horacio (Ariel, 2013), libro en el que destaca la imaginación del vate para inventar sentido a las “pequeñeces”, así como su entereza para sacrificar las prebendas a cambio de su libertad. Defiende a Horacio de haber sido “un intelectual de régimen”, lo excusa por algunos versos de aliento bélico y hasta “explica” su bisexualidad. Lo malo es que el periodista londinense habla más de sí mismo que del poeta.

La mayor ambición de Horacio fue que, una vez muerto, se le siguiera evocando. Non omnis moriar, escribió: “no moriré del todo”. Estaba convencido de que su genio trascendería. No se equivocó. Hoy que ciencia y tecnología parecen haberse adueñado de nuestras vidas, vale la pena releerlo. Su invitación a gozar nos resultará tan oxigenante como actual.

Twitter: @GLaveaga

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